Durante el frío mexicano, un placer secreto de Carlos y mío fue quedarnos a ver el programa de Laura Bozzo. Y confieso que me volví adicto. La televisión rebosa (valga el juego de palabras seseísta) con consejeros anodinos a problemas caseros que no merecen estar en televisión ni por asomo.
Pero lo de Bozzo es distinto. Como tiene cierto aire y conexiones autoritarias (estuvo enamorada de Vladimiro Montesinos, el príncipe negro de Alberto Fujimori) la gente la ve como la persona idónea para mediar sus problemas. Además, se comporta como la jueza omnipotente que se cree que es: «¿Qué voy a hacer con usted?», pregunta gritona y omnipotentemente al final de cada segmento.
«Señorita, no lo sé, señorita...» contesta alguien compungido.
Se puede decir que los programas son un montaje, pero hay que tener talento y bastante trastero inmoral para inventarse esta trama de un show reciente:
A. Ama de casa, golpeada por su hijo y la novia de éste.
B. Hijo que consume droga y pega a su madre porque la novia le increpa a hacerlo.
C. Novia, que aparenta ser rebelde y estar enamorada locamente de B.
D. Amante uruguayo de C.
E. Hermano de D, le advirtió sobre C.
F. Sesentón, casado y amante temporal de C.
G. Mujer de F., asqueada por la infidelidad con C.
H. Marido de C, proxeneta de ella para extorsionar a extranjeros como D.
I. Tío de C, que le quiere partir la cara a H.
Al final, B y C piden perdón llorando. Todo está demasiado bien grabado y aseado al final, pero es muestra de la clase de televisión más reciente, la que nubla la raya entre la realidad y la ficción.
Que conste que creo que es mentira no por lo que sucede (demasiadas cosas raras me han pasado a mí que si las viera por la tele me parecerían inverosímiles), sino por lo bien documentado que está todo con cámaras escondidas y confesiones de culpa al final de quienes al principio venían muy ufanos.
De cualquier manera, si alguien nos dice «Señorita, señorita», probablemente estallaremos en carcajadas.
