Uno de los aniversarios menos comentados de estos últimos días es el de Fidel Castro como «presidente», «líder» o dictador de Cuba. Hace 47 años se instaló como mandamás de la isla, y reemplazando a un corrupto malo se volvió peor.
Lo que más rabia me da del asunto de Castro es el carácter maniqueísta y binario que su permanencia en la isla suscita. De alguna manera el discurso es el mismo: si eres pro Fidel eres antiyanqui y viceversa.
A veces critico duramente a los políticos de Miami por establecer un clima que en dialéctica se asemeja al de Cuba, pero a la inversa: la religión revolucionaria aquí se cambia en fervor anticomunista con muy pocos cambios de vocabulario. Por eso creo que es tan fácil refugiarse en Miami: trastocas algunos sustantivos, y listo: de comunista vitalicio has pasado a antifidelista intransigente.
Pero no se puede confundir la dialéctica con otras realidades: aquí hay libertad de expresión (a veces cuesta, pero hay). Las direcciones de correo electrónico no son un lujo, y los correos no tardan semanas en llegar electrónicamente porque la seguridad del estado los tiene que revisar. Aquí no habrá medicina universal pero hay medicinas (caras, eso sí). La guardia del comité no acecha cada movimiento sospechoso. Aquí, a veces me olvido, somos libres.
Lo triste del caso es que se confunde cualquier denuncia de los defectos democráticos de Miami con una adhesión al régimen castrista. Y se vuelve a caer en el efecto binario: o dentro o fuera, con el totorreísmo que permea el ambiente.
Pero también se puede denunciar la triste falacia de los avances de la Revolución. Aún si fueran todos ciertos, que no lo son ni por asomo, esconden un triste andamio: se hubieran conseguido a cambio del don más precioso que a los hombres dieron los cielos. Por lo cual, comparar esos falsos tesoros y tenerlos en alza a cambio del mayor mal del cautiverio humano es toda una desgracia moral.
En 1955, Cuba estaba a la altura sanitaria y educativa de España. La situación política y social en ambos países era muy distinta, pero cincuenta años más tarde si comparamos ambos países, en lo único que sobresale la isla es en alfabetización.
Durante muchos años el discurso de algunos en la izquierda ha sido que la Cuba precastrista era esclava de EU y su prostíbulo. Que no miren ahora a las numerosas (y numerosos) jineteras de sus playas, ni a la enorme dependencia que tiene el país a las remesas que vienen de... Estados Unidos.
Esas comparaciones no tienen ni pie ni cabeza, como en Miami tampoco tiene sentido equiparar una denuncia al sistema con una ayuda a Fidel. Criticar ambos desde la democracia (teniendo en cuenta que uno es definitivamente un mal menor en comparación) es saludable y necesario.
El statu quo refleja una triste realidad: en Miami Fidel es un negocio, político y económico. Tenerlo de enemigo representa para algunos (quizá de manera subconsciente, dándoles el beneficio de la duda) toda una bandera fácil. Por lo tanto su permanencia en el poder conviene. Otra triste realidad.
Pero eso ya es harina de ese costal. Por el momento me uno al llamado de Royo Villanueva para que se celebren elecciones libres en Cuba. Si el día que se hagan el electorado no está hasta el gorro de la política y puede olvidar de alguna manera todas las barbaridades dichas por «progresistas» en apoyo a la dictadura durante décadas, quizá gane la izquierda.

Comentarios ( 2)
Bastante interesante tu artículo.
Saludos.
Por Ayotl | 6 de Enero 2006 a las 09:59 AM
Impecable el artículo, pero ya te caerán los epítetos según quien lo lea.
Por Juvenal | 9 de Enero 2006 a las 04:29 AM