Jorge Ramos ha escrito dos excelentes columnas en las últimas tres semanas. La última, El muro inútil, denuncia no solo el populismo predominante en Washington sino también la inercia en Ciudad de México ante los embates de EU.
La culpa del muro, y hay que decirlo, no es nada más de congresistas populistas, mal informados o que explotan el miedo de los votantes estadounidenses. La culpa también es del gobierno mexicano. La política exterior de México destinada a negociar un acuerdo migratorio con Estados Unidos ha sido un absoluto fracaso. No ha logrado nada. Por el contrario, ha permitido que la idea más abominable en la relación entre dos países aliados –la construcción física de una pared divisoria- avance en Washington.
Hace dos semanas, la decepción de George W. Bush le da un toque personal al tema...
Mi ilusa esperanza de que Bush resolviera el problema migratorio surgió en noviembre de 1999, la primera vez que entrevisté en Austin al entonces gobernador de Texas. Con una sensibilidad sobre el tema que no había escuchado nunca en un candidato presidencial, Bush me dijo que él entendía por qué un padre o una madre con un niño hambriento en México, donde gana medio dólar al día, decide venir a Estados Unidos a ganar 50 dólares diarios. Salí convencido de que éste era un hombre que, aunque se oponía a una amnistía migratoria como la de Reagan, buscaría una verdadera solución....
Y luego, para mi sorpresa, fue el propio Bush quien me entrevistó y preguntó mi opinión sobre la amnistía; me escuchó atento, respetuoso, interesado. Bien, me dije. Alguien que tiene una actitud así tiene que hacer algo concreto respecto a los indocumentados.
