Hasta hace poco pensaba que el doblete cinematográfico de 2005 le correspondía a Terrence Howard por dos excelentes y diferentísimos papeles como el chulo sensible de Hustle and Flow y el productor con crisis de indentidad en Crash. Ambos demuestran una versatilidad de por sí, y en un mismo año son todo un hallazgo.
Pero George Clooney sencillamente se gana el galardón. Primero en la descremadísima Good Night and Good Luck, donde no solo actúa sino dirige y produce. El efecto de la película (austera, fría y distante como pocas) es radical: el blanco y negro de sus secuencias, aunque necesario por cuestiones de producción, es un indicio de la nitidez de la temática: el periodismo serio contra un demagogo confeccionado para la era de la televisión, y cómo el medio se reduce poco a poco en la caja tonta que se ha convertido actualmente.
Siguiendo los pasos del legendario y seco Edward R. Murrow, Good Night and Luck no gasta nada en sutileza: su brutal arete la convierte en el Million Dollar Baby de este año.
Syriana es la otra cara de la moneda que Clooney ha acuñado este año, donde interpreta a un agente de la CIA venido bastante a menos. El filme de Steven Soderbergh es un ejercicio en tinieblas, justo lo opuesto a Good Night and Good Luck. Cuatro personajes se desplazan a tientas, buscando su verdad en el enmarañado mundo del petróleo. No es cine de espectáculo sino de meditación: una vez que claudicas el derecho de entender todo lo que transcurre en la pantalla grande, comprendes la película.
Clooney engordó 20 kilos para este rol, a base de comer pasta. Se puso tan malo que tuvo que guardar un mes en cama, pero lo que no da en buena línea sí se desborda en una excelente interpretación. Al final, como en su otra película, queda demostrado que el dinero es un poderoso caballero. Dos formas muy distintas de contarlo, pero igual de prácticas dentro de su estilo.
