Hace un mes, cuando mi hermana Marta me recogía en el aeropuerto, me preguntaba si México se había convertido en mi Santo Domingo. Con eso quiso decir que la semiobsesión que tenía con República Dominicana a finales de los 80 y principios de los 90 (viajé ocho veces en tres años) había sido transplantada a México.
La razón es que sí y no. Si viajo a México hoy es por un viaje que organicé mucho antes de que el huracán Wilma me obligara a pasar 10 días en el D.F. hace mes. Tampoco quiero que parezca que voy por compromiso o a regañadientes, aunque no me sobra el dinero, tengo muchas ganas de ver a Carlos. Es mi única razón para ir, pero más que suficiente.
Otra explicación para haber viajado y seguir haciéndolo es mi viaje a plazos por el continente. Ya tengo Estados Unidos casi visto (por lo menos la parte que me interesa), y ahora empiezo con México. Va a tomarme más tiempo, el estado de Jalisco es casi el doble de grande que República Dominicana.
En fin, que dentro de poco sale mi vuelo al D.F., donde estaré hasta el domingo.
