
Al principio de Capote, parece que la película sobre la elaboración de A sangre fría va a ser una especie de Colombo a la inversa: de cómo un cosmopolita chic logra investigar un terrible asesinato en el campo, donde su frívolo estilo choca con el resto de la gente. Pero el guión y una espectacular interpretación (más) de Philip Seymour Hoffman abandonan el camino fácil de la parodia para hacer un análisis profundo de por qué ese fue el último libro de Truman Capote.
Mediante su encanto, ingenio y una ambición imparable, el Capote de Hoffman logra granjearse la confianza del investigador principal para poder llegar hasta los acusados, y le empieza a tomar cariño a uno de ellos. Desbordado por lo sucedido, sabe que su artículo es en realidad un libro, y no ceja su empeño para entender lo sucedido. Entonces empieza una larga serie de visitas al reo, para que confiese el crimen y refleje su móvil. El escritor sabe que su novela depende de que se agilice la condena de un ser por quien siente fascinación y hasta atracción.
Mi primera duda antes de entrar es ver cómo el a veces tosco y a veces delicado Hoffman abordaba un papel de tanta envergadura y a la vez dificultad: Capote combinaba una finísima sensibilidad con una fría ansia de triunfo, y ambas chocaron de frente en esta situación. No hay duda, en los 10 primeros minutos te olvidas de que es Hoffman, sino un Capote traído a la realidad fingida de la pantalla grande. Y Hoffman no tiene tapujo alguno en interpretar a un ser realmente complicado y finalmente repugnante. Las escenas de la cárcel traen a la mente las de Clarice Sterling y Hannibal Lecter en el Silencio de los corderos, con la gran excepción de que en este caso no se sabe a veces cuál es el peor monstruo, si el que está tras los barrotes o fuera de ellos.
El resultado es hipnótico: una especie de colisión ante la cual es imposible apartar la vista por muy tensa que te parezca. Apoyado de un elenco excepcional (los tres vértices de apoyo imperturbable de Capote, interpretados soberbiamente por la siempre genial Catherine Keener, Bruce Greenwood y Bob Balaban), Seymour se tira a lo más profundo y sale a flote como el atormentado escritor. Lo interpretado es verdaderamente inquietante pero tiene todo rasgo de genuidad. Si se tiene en cuenta que se rodó en apenas 36 días, Hoffman no solo se merece el Óscar sino una medalla.
Después de Boogie Nights y Magnolia, Hoffman se convirtió en uno de mis actores favoritos. En Capote, se gana el título de mejor actor de su generación.
