Desde su fundación a finales del siglo XVIII, Vermont ha sido el estado más yanqui de Estados Unidos, dicho con toda la propiedad de la palabra. Su población apenas se ha duplicado en dos siglos (la de Nueva York en comparación se ha multiplicado por treinta).
Pero no la de Vermont, que tiene un componente libertario fuerte, en un lugar donde expliqué ayer los inviernos siempre se pasan a menos de 20 grados centígrados bajo cero. Hay que ser valiente y estar hecho de acero incongelable para vivir sus inviernos en la integridad.
Debido a la falta de población urbana, Vermont tiene un paralelo importante con las ciudades de Iberoamérica. En las pequeñas poblaciones (sobre todo en la diminuta y ceñida Montpelier, su capital), los campanarios de los numerosos templos sobresalen en el panorama urbano. Aquí está la metodista, enfrente la universalista (donde de milagro no me parto el cuello ayer en sus escaleras), más allá la católica y después la congregacional.
El estado también tiene su espíritu igualitario: una ex repostera ahora dirige el teatro de la ópera del estado. Y en varios lugares afloran los teatros improvisados.
