Cuando conoces una persona tan a fondo como lo hice con Carlos en Jalisco hace dos semanas, se convierte en una segunda piel. Es cierto que ninguno de los dos somos grandes tertulianos capaces de tener una conversación de muchas horas, pero con la presencia y la comodidad del silencio muchas veces basta.
Antes le tenía pánico al silencio, producto de pertenecer a una familia tan parlanchina cuyo único miembro relativamente callado parece que soy yo. Pero ahora he aprendido a saborearlo, o por lo menos a apreciarlo. A veces con una mirada, un gesto o una sonrisa se dice bastante.
El problema, colectivo e individual, es qué hacer con esta segunda piel. Me encanta, pero su dueño está lejos, y no se va a aparecer por aquí así por así, ni es que pueda tampoco. Puedo hacer todo tipo de reflexiones y meditaciones al respecto, pero eso no quita lamentablemente los 2.700 kilómetros que nos separan.
Mi primer instinto es tomar las riendas, «forzar situaciones», como diría mi progenitor. Es una situación que sé que puedo perfectamente controlar. Pero sencillamente es desaconsejable.
Hace más de 11 años le pedí un consejo parecido a Néstor Díaz de Villegas, un poeta cubano que fue a la cárcel por el contenido de un poema. «No intentes controlar nada, deja que las cosas sigan su curso y que la persona decida. No mandes, no invites, no obligues a nada».
Es difícil. Me controlo escasamente en estas situaciones, pero he de hacerlo. Es mi jarabe de disciplina. Amargo, pero al parecer necesario.

Comentarios ( 2)
Bonita frase de ese poeta. Y la verdad es que es muy cierta.
Por El Desviado | 15 de Septiembre 2005 a las 01:06 PM
Asi que, igual que en "Best in show" podéis estar juntos sin hablar de un tema durante horas... eso es muy bonito (ay que ver lo malísimo que soy... pero para comensar te mando un beso, de los buenos de verdad)
Por geyper | 21 de Septiembre 2005 a las 09:38 AM