Estoy otra vez en Miami, después de un largo vuelo desde Houston ayer. Me he levantado hecho polvo, y eso que no he hecho casi ningún esfuerzo físico. Obviamente, el estrés de la cobertura está pasando factura. Estar solo, no encontrar casi nada de comida, medir la gasolina con cuentagotas, navegar por un Port Arthur destrozado por Rita y con peligros te dejan sencillamente exhausto.
Por otra parte, está el factor sicológico: cuando salí hacia Houston el jueves, Rita era un huracán de categoría cinco que se dirigía a la ciudad. Sabe Dios lo que hubiera pasado de haberse mantenido en ese rumbo e intensidad. Pero me di cuenta el viernes por la noche cuando no pasó: hay que estar un poco chalado para hacer esto. Es la misma meditación que tuve durante mi viaje por la frontera entre República Dominicana y Haití en 1991, 10 minutos antes de un terrible accidente.
Claro, esto era trabajo, pero aunque uno es a veces idiota, el subconsciente no lo es. Y ahora estoy que me caigo de todo. Voy a pedir tomarme un par de días al final de la semana.
La ironía de la cobertura ha sido que alquilé un coche descapotable. Para cubrir un huracán. Pero si me hubiera llevado un todoterreno, no me hubiera podido haber escapado hasta Port Arthur debido a la falta de combustible y la pésima economía.
