A primera vista, las películas de rap no son precisamente mis predilectas, pues del género no conozco mucho, y francamente no me importa. Pero siempre me ha gustado John Singleton, y desde Crash para acá, Terrence Howard. Aunque ha sido alabada por muchos críticos, Hustle and Flow es el Ray de este año: una interpretación magistral por Howard encasillada en un largometraje que a veces quiere tocar todas las bases y no deja estereotipo sin abordar.
La historia es sencilla e interesante: DJay es un proxeneta (chulo, macarra) de Memphis que está siempre al borde de la pobreza porque en el fondo tiene un corazón de oro con sus chicas, con las que vive en una especie de comuna extraña. Pero DJay tiene el sueño de todo chulo de barrio: ser rapero.
A partir de aquí entran los elementos de Hollywood sobre el triunfo musical de los desconocidos (That Thing You Do, The Rose), pero pese a ello el marco es fascinante: cómo lograr que el personaje de DJay te guste sin que sea un blandengue caricaturesco ni un malvado asqueroso. Howard lo logra, combinando la sensibilidad (hay una escena en una iglesia en la que canta una soprano que logra que le salten las lágrimas), el tesón y un aire de malo suficientemente creíble.
Al final, Djay se juega su baza para convencer al rapero estrella local que le promocione su demo. La secuencia entera es tan tensa y está tan bien interpretada por Howard, que se le perdonan los pecados a un filme que tiene tanta prisa en demostrar tantas cosas que a veces parece que va a dejar atrás a su protagonista, obsesionado en hacernos sufrir con su cuerda floja.
Con Terrence Howard este año ha nacido una estrella. Y un santo de mi devoción.
