Ayer, el señor que me vino a instalar la luna de la ventana del coche me contó que había salido de Cuba en 1977 y se había ido a vivir a Madrid (a la calle Amnistía, nada menos, pegada a la Plaza de Oriente) por un momento. Empieza a alabar a Francisco Franco, y aunque nunca es aconsejable hablar de política con un exiliado cubano, le comento que el «milagro español» se debió a varios factores, etc.
«No digas que fue lo del millón de personas trabajando en el extranjero, eso lo dicen los comunistas. Eso no mantiene una economía». Bueno, pues sí. Pero ya entramos en el maniqueísmo del 18 julio de 1936 y del 7 de noviembre de 1917: si no eres blanco, eres negro.
Casi paralelamente, el Senado berlinés considera rescatar una estatua de Vladimir Ilich, concido como Lenin. Las razones al parecer son turísticas.
Aunque ambos personajes me parecen viles, entiendo más a Franco: su traición a la República y su posterior gobierno represivo era típico de una persona de su formación.
Lenin, sin embargo, era un bicho raro, absolutamente intransigente y desquiciado. Después de un dulcísimo exilio en la pacífica Suiza, fue el autor intelectual del Terror Rojo, la única razón por la cual los Bolcheviques permanecieron en el poder en el turbulento año de 1918 (su enorme suerte con el retrasado mental de Guillermo II de Prusia tampoco le vino mal).
Si no llega a ser por Franco, la guerra civil española hubiera ocurrido igual. Muy probablemente el régimen militar, se hubiera desmoronado a la argentina pocos años después, pero el conflicto era inevitable. Mi tocayo, el General Mola, fue el cerebro gris de todo.
Pero si no llega a ser por Lenin y su inflexible obstinación asesina, la Revolución de Octubre (calendario juliano) jamás hubiera ocurrido. La brutal represión por parte de rojos y blancos, la hambruna y el régimen estaliniano que le siguió hubieran sido imposibles.
Aquí muchos me dirían: «Elige, Franco hubiera sido mejor». Y yo contesto que no, gracias, ninguno de los dos. Quédate con Franco y con Lenin. No los quiero, ambos me parecen deleznables, aunque uno más que otro.
Cuando observo la división de la política estadounidense, y una semblanza de lo mismo en España, no puedo evitar pensar que ambas figuras están complacidas por el maniqueísmo. Después de todo, sus respectivas subidas al poder hubieran sido imposible sin ese factor.
El problema aquí es el factor binario. Y lo entiendo: me hice del PP por Felipe González y ahora me estoy haciendo más del PSOE por el PP. Cosas de la vida, ojalá no tuviera que ser así.
