Después de que su mujer Terri sufriera un paro cardíaco, Michael Schiavo se pasó dos años al lado de ella, buscando todo tipo de tratamiento. En un viaje a una clínica experimental de California, durmió en el suelo al lado de su cama. Vendía perros calientes con sus suegros para recaudar fondos para el tratamiento de su mujer.
Sus suegros le aconsejaban que saliera con otra mujer, que se olvidara, pero por lealtad a Terri no se apartó de ella. Bien lo podría haber hecho, gracias a una demanda obtuvo 300.000 dólares de manos de los médicos de cabecera de su mujer. Pero algo interno le dijo que tenía que seguir luchando, pues su mujer le había dicho que no quería vivir en un estado vegetativo.
Aunque sus suegros, con quienes la cosa se torció en 1992 debido a que no les dio ni un duro de la indemnización, le increparon a que se fuera y les dejara a ellos cuidar a su hija, Michael se negó. Y empezó una encarnizada batalla jurídica de 12 años con sus suegros para el derecho de que su mujer muriera. Cualquiera que ha vivido estas horas de angustia con un ser querido en estado vegetativo apenas puede imaginar lo que la familia ha sufrido. Y todos, no solo Michael sino los padres de Terri.
Pero entonces, mientras se abrían lentísimamente las puertas de la legalidad, se metieron los políticos. Primero, el gobernador de Florida, que aprobó una ley que en efecto le daba la custodia de Schiavo. Jeb Bush, el hermano «listo» del presidente, además intentó intimidar a Michael, sin efecto alguno. Después los políticos del partido que clama por menor intervención social del gobierno, aprobaron otra ley federal cuando la de Bush quedó invalidada.
Los dos líderes republicanos del Congreso, uno de ellos el médico Bill Frist, aseguraron que a Schiavo sólo le faltaba un poco de terapia para poder hablar y «despertar». Aun así, los tribunales federales descubrieron lo mismo que habían determinado los estatales de Florida: Schiavo estaba en un estado vegetativo. Y su marido tenía el derecho de no prolongar su existencia.
A Michael le dijeron de todo sus enemigos, con insinuaciones corrosivas y atribuyéndole siniestras motivaciones. Lo aguantó con estoicismo. Al final su mujer murió en sus brazos, entre los gritos de los millares que gritaban «asesino», entre ellos Jeb Bush y Frist.
El dictamen del forense esta semana fue severo: el cerebro de Terri pesaba la mitad que normal, y no había posibilidad remota alguna de que se recuperara.
Pero en lugar de pedir perdón, de meditar o de tan siquiera callarse por vergüenza, el gobernador Bush ahora opta por empezar una investigación de Michael. Razón: al parecer tardó mucho en llamar a los servicios de urgencia cuando Terri sufrió el paro cardíaco en 1990. Demasiado, para el gusto del señor gobernador.
Parece mentira, pero no es el primer abuso de poder de Bush ni será el último. Ahora la víctima es el viudo que las ha pasado moradas con entereza. Lo siento mucho por él.

Comentarios ( 1)
Resulta siniestro que se pueda comerciar con el sufrimiento ajeno con fines electorales.
Por Juvenal | 18 de Junio 2005 a las 03:24 AM