Con la salida del armario de Mark Felt como «Garganta Profunda», ha empezado un torbellino de remitificación del papel de dos periodistas para «destapar» el escándalo de Watergate, que acabó con la presidencia de Nixon. Aunque la labor de Bob Woodward y Carl Bernstein fue sumamente valiosa, es falso decir que gracias a ellos se descubrió el pastel.
Primero que nada, el robo en la sede del principal partido político de Estados Unidos fue causa célebre, y debido a las repercusiones, el Congreso y los tribunales empezaron a investigarlo inmediatamente.
Quizá el mayor papel de Woodward y Bernstein fue su tesón, y a veces su iniciativa a pinchar a los investigadores que excavaran más. El mejor golpe fue (por parte de Bernstein) convencer al comité del Congreso que entrevistara y tomara testimonio a Alexander Butterfield, el jefe de seguridad de la Casa Blanca.
Aunque el testimonio de Butterfield no fue nada espectacular en la primera sesión, en una entrevista en privado con uno de los secretarios del comité, dejó entrever que había un sistema de grabación en la Oficina Oval. Inmediatamente volvieron a la sala oficial del comité para tomarle testimonio, donde entonces reveló que el presidente grababa todas sus conversaciones.
En ese día, el 16 de julio de 1973, se acabó a efectos prácticos la presidencia de Richard Nixon. Durante los siguientes 12 meses tomó lugar la lucha entre el Congreso y el ejecutivo para entregar las famosas grabaciones. Pero como el presidente bien sabía, las cintas revelaban su culpabilidad, y cuando por fin se las dejó oír a un grupo selecto de senadores republicanos (entre ellos Barry Goldwater), éstos le dijeron que no había tutía: tenía que renunciar.
Nixon, que era un gran estratega con el vicio de divariar extremadamente, se hubiera salvado al celebrar una barbacoa gigantesca con las cintas originales nada más divulgarse su existencia. Se hubiera armado un escándalo gigantesco, pero no le hubiera costado su presidencia. Ni con Woodward y Bernstein pisándole los talones.
Pero envuelto en la paranoia más destructiva posible, y con colaboradores que desconfiaban de él porque sabían que no es contaba todo, el mismo Nixon cavó su propia fosa. Para hacer una paráfrasis del autor de las mejores biografías de Nixon, Stephen Ambrose: «Todas las noches durante dos años, los asesores de Nixon se reunían para lamentarse de las nuevas revelaciones, y predecir con éxito los titulares del día siguiente, a veces textualmente. Era trágico porque sabían lo que iba a pasar pero que no podían hacer nada para evitarlo».

Comentarios ( 1)
Epales, yo lo unico que se sobre eso es lo que vi en una peli, se llama "Dick"
Por Ed. | 6 de Junio 2005 a las 01:35 AM