En la mayoría de los diarios estadounidenses, existe la figura del columnista invertebrado, el über periodista que mezcla crónicas y opiniones sobre la ciudad. Salvo los diarios de gran tirada (New York Times, Washington Post, USA Today y el Wall Street Journal), los periódicos reservan este espacio para columnistas con ámbito local.
Y los columnistas tienen que tener un pedigrí: un premio Pulitzer o un Polk no vienen nada mal para ser ascendido a este pedestal. El pedestal del Sacramento Bee, un diario en la capital de California con una tirada dominical de 341.000, le correspondió a Diana Griego Erwin.
Erwin fue parte de un equipo editorial del Denver Post que reveló en 1985 la exageración de cifras de personas desaparecidas. La serie de artículos recibió un Pulitzer, y resultó ser una catapulta para la periodista, se especializaba en reportar sobre personas que entablaban luchas contra burocracias o malvados.
Aunque sus columnas eran un desastre desde el punto de vista informativo (pocos nombres propios, tanto de personas como de lugares), ningún editor de mesa del Bee se atrevió a profanar el producto de trabajo de una Pulitzer. Pero el 23 de abril, un editor preguntó el nombre de la taberna donde trabajaba un tal Anthony Romero, el protagonista de una columna de Erwin.
La columnista contestó que no sabía, aun cuando la entrevista había tomado lugar la noche anterior. Días después dio el nombre de un local, pero al llamar los editores para comprobarlo, la taberna dijo que no conocía a ningún Anthony Romero.
A los 18 días de la primera pesquisa, Erwin renunció por motivos personales. Sorprendidos, varios editores le pidieron los datos de cuatro personas identificadas en columnas recientes. Erwin no pudo proporcionarlos, y cundió la alarma en el diario. Después de todo, la columnista dijo que había entrevistado a dos de las cuatro personas en sus propios domicilios.
El equipo de hemeroteca e información del diario repasó las 171 columnas, y encontró a 30 personas cuyos nombres no aparecían en ninguna base de datos. Los editores reunieron a toda la redacción, y los reporteros investigativos pidieron que les permitieran encontrar la treintena. Al final, un total de 43 nombres parecían inventados.
La dirección del diario, siempre cautelosa, es bastante más diplomática:
La falta de información sobre estas personas no demuestra de manera fehaciente que los individuos fueran inventados. Quizá nadie sepa de ellos. Pero el Sacramento Bee no pude verificar su existencia.Para verificar que estaban siendo justos, los editores entonces revisaron las columnas de otras tres personas que trabajan para el diario. Entre esos escritos del trío, se seleccionaron al azar 36 nombres de ciudadanos de a pie, y los buscaron en la base de datos. Las 36 personas aparecieron a la primera, y confirmaron en persona, por carta o por teléfono que habían sido entrevistados por un columnista.
La ex columnista dice que hay noticias más importantes que ella. El diario detalla masoquisticamente el resultado de toda la ropa sucia aquí.
Esto demuestra la fragilidad del periodismo, y por qué muchos periódicos en Estados Unidos hacen lo que en otros lugares sería impensable: una vez publicado el artículo, los nombres de las personas citadas son recompilados y los editores se pasan un par de horitas llamándoles, confirmando su existencia y de paso revisando la veracidad de las declaraciones publicadas.

Comentarios ( 1)
Pues, no conocía la historia de esta mujer. Pero me suena muy familiar.
Hace poco oí (o ví, no recuerdo si fue en la tele) de un columnista que en los 90's estuvo haciendo exáctamente lo mismo, pero no sólo los nombres, sino toda la historia, y en el mismísimo New York Times (que, vamos, tú sabes mejor que yo la repuación que tiene).
Me imagino que debes conocer la historia. En fin, me la recordaste. Pero, es cierto, supongo que el periodismo es más frágil de lo que se cree.
Por Ayotl | 29 de Junio 2005 a las 11:25 AM