Hay dos acontecimientos que me tienen mal por lo claro que los veo. El primero es el caso de Michael Jackson. Aunque el tío es más raro que una sopa de ajos, me parece que la fiscalía ha presentado un caso horrible: todos los testigos de la familia acusadora me parecen absolutamente inconfiables.
A la gente inconfiable también le pasa cosas malas, pero es mucho más difícil de creer. Pero si llego a estar en este jurado, jamás le declararía culpable por ninguno de los nueve cargos. Muy probablemente el jurado delibere los delitos menores de dar alcohol a un menor con fines libidinosos.
El otro caso es mucho más horrible: el de la pareja en Texas (de 16 años ella y él de 18) que decidieron abortar en el quinto trimestre.
Es una convergencia de dos inconscientes, una ley espantosa y una política de sanidad escandalosa. La chica fue al médico, que le aconsejó que no abortara. Como en Texas sólo se puede abortar en poquísimos hospitales a partir de la 16 semana, se sintió intimidada y no lo hizo.
Pongo el resto en el post, porque la verdad es que es bastante fuerte.
Convenció a su pareja, que tiene deficiencias mentales, a que le ayudara a apachurrar a los dos fetos que llevaba dentro. Se echó en el suelo, y mientras ella golpeaba su vientre, el novio se le montó encima con zapatillas de tenis y todo y le apachurró la barriga como «un globo».
Aquí entra en acción la ley de Texas: cualquiera que aborte a un feto, fuera de la madre y de un médico, debe cumplir cuarenta años obligatorios de cárcel. El abogado defensor consiguió que la madre testificara a favor del padre, logró presentar pruebas de que había un defecto en la placenta que hubiera hecho imposible la vida, y metió en el ajo otros posibles atenuantes. No hay tutía, Gerardo Flores fue condenado a cadena perpetua, sin posibilidad de libertad provisional durante 40 años.
Si hubieran cruzado la calle para ir a un hospital, nada de esto pasaría. Lo veo clarísimo, pero mucha gente no. Escribir de estas cosas periodísticamente me sabe mal y me es difícil, porque me cuesta mucho ser imparcial. Mucho.
