Llegamos a Albarracín a eso de las 4:30 de la tarde, y confieso que mientras la carretera acaraciaba la sinuosidad de la vega del río Guadalaviar (que al entrar en Valencia se convierte en el Turia), me estaba quedando dormido al volante.
Sabía que era un pueblo bonito, pero no me esperaba la uniformidad de lo pintoresco con el limitado uso turístico. Otros pueblos de postal son más bien, como dice Geyper, belenes preciosos que no por ello dejan de ser artificiales (un buen ejemplo es Santillana de Mar, donde el visitante no sabe dónde empieza lo rehabilitado para el turista con lo utilitario).
Tenemos que andar unas cuantas manzanas, subiendo de paso varios metros, hasta alcanzar nuestro hotel, Casa de Santiago, ubicado en pleno centro al lado de la iglesia homónima.
Hoy hay pocos turistas en el pueblo, y disfrutamos sus calladas calles casi en solitario. La belleza del conjunto urbano nos abruma, cada esquina es especial, habitable y típica a la vez. Debido a su distancia de metrópolis, viajar hasta aquí es toda una aventura del camino.
De noche, aprovechando la cena en el hotel, pedimos un buen vino y excelentes platos locales. Esto es vida, la verdad.
No suelo recomendar encarecidamente ningún sitio, porque para mí viajar tiene su misticismo personal en el cual un lugar puede tener diferentes atractivos según la persona. Pero Albarracín (y en esto Geyper coincide), merece la pena. Entre los numerosos pueblos de la zona, entre ellos Molina de Aragón y Sigüenza, les saca una cabeza. Sigue siendo un pueblo del medievo sin sacrificar mucho.
Hace exactamente 12 años pasé por Albarracín y aunque admiré mucho las vistas, confieso que ni paré porque tenía mucha prisa y había elegido la complicada ruta turelense para ir desde Barcelona a Madrid. Como el leit-motiv de este viaje, la docena ha sido demasiado tiempo. Demasiado.
