Nos cuesta irnos de Albarracín pero tenemos ganas de volver, y la carretera no es muy fácil. Paramos en la Cascada Batida, un lugar tan impresionante como el Nacimiento del Río Cuervo, pero apenas señalizado. La catarata baja casi seca, pero al lado está un pequeño cañón que le da mucha solera al sitio.
Pasamos a ver la sima de Frías, un socavón natural de grandes proporciones, y esta vez pasamos de largo el Nacimiento del Río Tajo. El mayor impedimento de esta ruta son los 10 difíciles kilómetros entre Tragacete y el Tajo, por el puerto del Cubillo. El día que se arregle este tramo (la autovía proyectada entre Cuenca y Teruel discurrirá bastante más al sur), la Sierra de Albarracín será más accesible. Me pregunto egoístamente si eso sería bueno.
Siempre he dicho que la Serranía de Cuenca es un paraíso, y la carretera entre Tragacete y la capital lo demuestra. Paisajes como las interminables hoces del Júcar y el Ventano del Diablo así lo confirman.
Paramos en Cuenca ciudad, donde confieso que nunca había estado mucho tiempo debido a que prefería el aire fresco de sus sierras. Pero no es Patrimonio de la Humanidad por gusto, y sus escarpadas calles y bonitas (casi todas) plazas así lo atestiguan.
Después de cuatro horas, salimos rumbo a Madrid.
