Estoy en el aeropuerto de Miami, escribiendo al lado de una señora que aunque su vuelo está abordando, prefiere esperar fuera del control de armas un poco porque «no tengo prisa».
Mi vuelo a Madrid sale en hora y media. Rezo para que esté un poco vacío y pueda dormir en paz.
Volver a España me da un poco de sobresalto, no sé por qué. Quizá sea porque cada vez que vuelvo me dan ganas de quedarme, o porque los errores del pasado son muchos, quizá....muchas especulaciones.
Pero también me da alegría. Ver a mi familia, amigos, volver a sentarme a tomar un café vaso de algo en el Café de Oriente, pasear por la calle Preciados. En fin, muchas cosas.
Me he puesto a hacer números, curiosos siempre:
Días que hace que salí de España 682
Número máximo de días que estuve sin ir 3.653
Número de días que tengo 13.476
Días de mi vida que he vivido en España 5.073, o 38 por ciento.
Porcentaje de mi vida adulta que he vivido en España: 14%
Aun así, y aunque a veces tengo una mentalidad muy distinta (en vista de mis disputas en este blog con la monarquía, la SGAE y la pena capital), sigo sintiéndome español. Las raíces pesan, y quizá como dijo un día Cánovas del Castillo, «es español aquel que no puede ser otra cosa».
Voy a estar 10 días en Madrid, y aunque no me he puesto en contacto con mucha gente, si ves esto y quieres verme (y nos conocemos aunque sea electrónicamente, claro), pues hala, ya sabes.
Me puse nervioso y le dije algo a la señora. Me contestó que ella no viaja, que sencillamente estaba dejando a una persona. Eso me pasa por cotilla y por metido. Ahora, ¿quién deja a una persona en el aeropuerto y espera hasta que se haya ido el avión? Entiendo el concepto, pero ya que puede cancelarse el vuelo, también pueden pasarle muchas cosas al pasajero (problemas con el equipaje, identidad confundida, overbooking) que provocaría que permaneciera en tierra sin que se entere esta persona hasta mucho después.
