Pátzcuaro es uno de las ciudades más típicas de México (me cuentan, y por lo poco que he visto, me lo creo). Es la base del lago homónimo, donde se encuentra la isla y pueblo de Janitzio.
Janitzio es el punto más "típico" de la celebración del Día de los Muertos, toda una tradición en este país. La única manera de alcanzar la isla es por lancha o barco, y tentado por el folclor me monto en uno de los "ferries" que hacen la travesía.
La hora que tardo en llegar a Janitzio es inolvidable, me recuerda por qué me gusta viajar. En el barco somos algunos turistas (todos mexicanos salvo yo), pero la mayorìa son residentes purúpechas de la isla, y sus comerciantes.
Las mujeres purépechas tienen vestidos muy vistosos y hablan su idioma. Los turistas estamos todos muy juntitos, mientras los comerciantes cargan cajas y cajas de comida. Un señor vende un pedazo de pan a un niño, barra que se le acababa de caer hacía unos minutos. Cuando le pagan con una moneda de 10 pesos, se santigua con ella y la besa al final.
Posteriormente, un señor saca una guitarra y otro saca el violín. EL último no sabe muchas notas, pero sí atina al repetirlas y el viaje transcurre con esa macabra melodía (con el perdón de Kreisler, Paganini y Stradivarius; el violín es un instrumento muy tétrico) hasta la isla de la muerte.
Inolvidable, algo que me ha marcado. Me acordaré de muchas cosas en este viaje, pero esta es la que más me ha impactado.
