Lo bueno de mi habitación es que tiene acceso a una red inalámbrica, y puedo acceder a la Internet echado en mi cama. Lo malo es que mi web sigue teniendo problemas.
Intento reclutar a Miguel, que vive en San Luis Potosí, para que me acompañe durante el resto del viaje. Nada. Pero mañana domingo me espera en su ciudad con los brazos abiertos.
Después de un desayuno minero (chilaquiles con pollo), salgo por la calle Pósitos hacia el museo Diego Rivera, en la casa donde nació el muralista. Debido a los conflictos que tuvo su familia con el clero guanajuetense, los Rivera salieron pitando a Ciudad de México cuando el joven Diego contaba con 5 años. Y según una placa, el pintor tardó 61 años en volver.
De por sí no es demasiado interesante, y aprovechando la fridomanía, una planta entera del edificio está dedicada a fotos de Diego y Frida Kahlo. Aunque algunas tienen un contexto histórico, cansa ver decenas y decenas de fotos de personas tan feas.
En el tercer piso, una reproducción del mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, quizá uno de los más políticos de Rivera en una cartera artística repleta de política.
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| Guanajuato: Mural en la Alhóndiga de Granaditas en alusión a la cabeza de Miguel Hidalgo. |
Aquí viene otro paralelismo con Toledo, pero este alcázar cayó gracias al Pípila, un minero enfurecido, que quemó la puerta con brea.
Varias veces en México he sentido un antiespañolismo histórico, y en algunas ocasiones como si yo fuera el responsable directo de la barbarie que ocurrió hace siglos. Lo que pasó después de que ardieran las puertas lo dejo en labios del guía:
«Los patriotas entraron, y mataron a todos los españoles, incluyendo a mujeres y niños. Eran unas 200 personas, y dicen que el patio central se inundó de sangre. Después, enfurecidos, mataron a todos los españoles [sic] en Guanajuato que estaban escondidos, arrasando la ciudad.
«Hay quienes dicen que esto no fue una victoria porque destruyeron Guanajuato, pero hay que entender que los combatientes guardaban la furia de 300 años de abusos y despotismos».
Pues a matar. Hidalgo, que era excelente motivador de masas, era muy mal estratega, y acabó perdiendo contra los viles españoles, demostrando una vez más que Dios ayuda a los moros cuando son más que los cristianos. Excomulgado, fue decapitado y su cabeza colgó durante 10 años en una esquina de la Alhóndiga, metida en una jaula.

