No soy de lo que se dice muy litúrgico con mis creencias religiosas, aunque sí reconozco que todo rito y lugar sagrado tienen su gancho.
La catedral de Morelia es una joya del barroco mexicano, quizá no tan imponente como su hermana mayor en Ciudad de México, pero aun así con su propio brillo.
Entré esta mañana a sacar fotos, y la verdad es que casi me voy al seminario. En plena misa, el coro cantaba, se olía el incienso y los rayos de sol, de un sol imponente y divino, se colaban por los enormes vitriales. La escena era celestial. A cualquier ateo se le hubiera aflojado el corazón.
La religión en México es todo un misterio, más que nada por su intensidad. Una devota avanza sobre sus rodillas al altar mayor, varios jóvenes hacen fila para ser confesados durante la misa, y un grupo nutrido de beatas se queda después de la bendición final para rezar el rosario.
Después de la catedral y un buen desayuno, hago el equipaje y salgo a mi coche, que lo tengo aparcado a una manzana de la central Plaza de Armas.
Me está esperando la imagen estereotípica de un agente corrupto mexicano, de los que salen en los horrendos despliegues hollywoodenses y que te niegas a creer: un cincuentañero gordo y con bigote, para colmo a mitad camino de terminar su paleta (polo) de chocolate.
Intento escabullirme metiendo mis bártulos, pero se da cuenta. Me pide el carnet de conducir e inmediatamente me triangula: según él, estoy mal estacionado, y mi matrícula temporal ha vencido. No tengo manera de comprobar lo primero, pero lo segundo es obvio a segunda vista. Los de la agencia de alquiler me han dado un coche con una matrícula vencida.
Y entonces viene el golpe de gracia, el vértice final de una mordida espectacular, porque me tiene por los machos:
-No se puede llevar el carro, ya viene la grúa. Son una multa de 300 pesos, más 200 pesos por el corralón.
- ¿Oiga, y no puedo pagar la multa e irme? Ya estoy aquí. Ya me llevo el carro.
- No, ya viene la grúa.
- ¿Y si le pago a usted la multa?
- Bueno, si usted quiere pagarme por su voluntad, yo no le obligo a nada (SALVO A QUE ME LLEVE EL COCHE LA GRÚA, CLARO!!!!)
Abro mi cartera, y le muestro lo que tengo, 100 pesos en billetes mexicanos, y unos 18 dólares.
- Joven, mientras usted entienda que lo hace por voluntad propia y que yo no le obligo a nada, deme lo que pueda.
Le entrego los 100 pesos (unos 8,50 dólares) y me dice: "¿Y al de la grúa que le doy?"
-Pues tome, todo el dinero que tengo.
-Gracias, joven, que tenga un buen día.
