Soy de los que favorecen la maldad hábil, porque ya entrados en el caso, aunque algo sea perverso, que por lo menos funcione. Por lo tanto ha sido mi constante crítica al gobierno de Bush, por convertir el desatino de invadir Irak en una torpeza que demuestra falta de capacidad.
Anoche comentaba algo parecido con Ángel, un corresponsal de Messenger, que vive en Chiapas. Me refería al caso contra Andrés Manuel López Obrador, que parece desmoronarse por momentos.
Independientemente de la postura sobre AMLO, cuando se le efectuó la retirada de inmunidad o desafuero, se pensó que iba a ser efectiva. O sea, que sería apartado como candidato y que los dos minigigantes (o macroenanos, como se quiera) de Creel y Madrazo se enfrentarían solitos en contienda presidencial en 2006. Por lo tanto, que sabían lo que estaban haciendo, y que aunque para algunos pareciera una burda maniobra, se haría bien.
Después de todo, pensé, sabrán que este hombre tiene capacidad de movilizar las masas, y un poder de captación más que respetable. Sabrán también que López Obrador es más que incansable. En 1988, disputó las elecciones de la gobernación de Tabasco, alegando un fraude masivo en las urnas. Tres años más tarde, realizó su hiperbólico «Éxodo por la democracia» a pie y caballo entre Villahermosa y Ciudad de México. No le importó que la inmensa mayoría de los medios comunicación, serviles al partido que estaba en el poder, pasaran de él. Su caminata de seis semanas por una elección perdida hacía tres años demostraba que este hombre es bastante obsesivo.
En 1994, López Obrador se vio involucrado en la misma disputa por el mismo cargo. Tenazmente defendió sus posiciones cuando un abogado de derechos civiles demostró que el candidato del PRI efectuó un fraude más o menos colosal.
Por ironías de la vida, el abogado era Santiago Creel y el candidato del PRI, Roberto Madrazo. Para la vergüenza del entonces presidente Zedillo, Madrazo se volvió inflexible con López Obrador y permaneció inmutablemente como gobernador de Tab, burlándose de todos, empezando por López Obrador, cuyos fervientes seguidores hicieron lo posible durante meses para anular los comicios. AMLO después realizaría su segundo éxodo al D.F, que acabó con pocos resultados, pero con mucha fuerza moral y mayor cobertura.
Si yo sé todo esto, me imagino que lo deberían saber las personas que decidieron decapitar a López Obrador. Por lo cual, cualquier justificación de la chapuza que emplee las palabras «masas», «tenacidad», «obsesión», «inestabilidad», «reflexión» o «asombro» debe ser definida como el encubrimiento de una maniobra incapaz. López Obrador ya no juega a ser gobernador de un estado de dos millones de personas, ahora apunta bastante más alto. Muchos años de disidencia y oposición le han enseñado lo suyo.
Por lo cual, menospreciar al enemigo es un pecado principalmente de soberbia. Sobre todo con un enemigo que conoces de sobra. Madrazo, presidente del PRI, le conoce desde hace más de 15 años, Creel desde por lo menos una década, y Fox se lleva enfrentando cuatro años con él.
