Siempre que hablo de la burbuja inmobiliaria, tengo miedo a quedar en ridículo. Después de todo, en 1986 fue partícipe semiinvoluntario de lo que entonces parecía una burbuja inmobiliaria en Madrid. Cuando los precios por metro cuadrado empezaban a rebasar las 100.000 pesetas en el centro (unos 1.234 en Euros de hoy, según el cálculo que he hecho en el INE), todos estábamos maravillados. Claro, ahora en el centro ese precio de la superficie se ha triplicado.
Pueden haber ejemplos extremos, como la Calle Alfonso XIII, pero me ciño a cifras oficiales. Por lo general, y ya ajustado a la inflación con pesetas constantes, el suelo ha aumentado en Madrid un 300 por ciento en 18 años. Los salarios y el IPC, siempre según el INE, han aumentado en un 105 por ciento, por lo que comprar una vivienda en Madrid ahora cuesta tres veces más que en mi tierna mayoría de edad.
En Miami y en otros mercados de EE.UU., ha sido mucho más radical. En menos de cinco años, los precios de la vivienda han aumentado un 251 por ciento en Miami. En Los Ángeles, la cifra se aproxima al 280 por ciento. Nueva York sigue con un aumento de 234 por ciento durante el último lustro.
Hace poco tanto el New York Times como el diario USA Today tenían notas sobre la especulación inmobiliaria en Miami, y demostraban una esquizofrenia reporteril al respecto. Por un lado, abundaban las citas de nuevos proyectos y de agentes inmobiliarios que aseguraban que «el mercado inmobiliario de Miami está a prueba de la burbuja»; por otro, arrojaban cifras espeluznantes: el 90 por ciento de los compradores de ciertos edificios son extranjeros, y en muchos casos, los apartamentos de lujo están siendo comprados en un 70 por ciento por inversores que los revenderán.
Mientras, las cifras de la población propietaria de su vivienda alcanza el 70 por ciento, y los alquileres no suben mucho. De hecho, mientras el precio de la vivienda aumentó en un 251 por ciento, el salario interprofesional apenas superó el 14 por ciento de alza en el mismo plazo. Llevo años diciéndolo, y quizá lo diga hasta que muera (o hasta que el piso cerca del Paseo de La Habana que mi madre vendió en 110.000 euros en 1981 alcance los dos millones, que será pronto), pero todo esto es insostenible.
Mientras el idiota de Donald Trump (que ha logrado gran parte de su supuesta gloria mediante la autopromoción y pese a su ineptitud directiva) vende un ático de 1.800 metros cuadrados a tres kilómetros de mi casa por la friolera de 25 millones de dólares, la deuda hipotecaria residencial sigue siendo la gran bomba de relojería de Estados Unidos. En 1997, la deuda total era de 200 mill millones. Actualmente es de 900 mil millones. Este aumento (artificial) ha supuesto casi el 25 por ciento del PIB del país en los últimos cuatro años.
En California, la mitad de los empleos creados desde 2001 son de agentes inmobiliarios. En Florida, un 40 por ciento de los nuevos puestos de trabajo desde esa fecha están relacionados con la inmobiliaria o con la construcción residencial. El país está viendo la tasa de exclusión de hipoteca crecer anualmente en un 57 por ciento.
Quizá todo esto sea una reconversión masiva del presupuesto personal, que antes era acaparado principalmente por la cesta de compra y que ahora es recapturado por la vivienda como el principal renglón de gasto. No lo sé, no soy economista ni pretendo serlo en la web. Pero no me casan los números.
Hace cinco años, Argentina parecía la inversión del siglo, y se desoían a las Casandras que advertían que detrás del telón habían cifras que no cuadraban. Hace 15 años, Japón tenía el mercado inmobiliario más candente del mundo, siendo el barrio de Ginzu el más cotizado del planeta. Desde ese entonces, la propiedad en la nación nipona ha perdido un 60 por ciento de su valor, sin ser ajustada a la inflación.
A lo mejor soy muy pesimista, pero esto no puede durar mucho más.
