Amelia y Marina, cuyos nombres no son verdaderos por razones que quedarán patentes más adelante, son dos amigas queridas, aunque no muy cercanas. Llevan más de nueve años de pareja, y les hemos visto crecer y cuidar su casa, comprada tras mucho esfuerzo.
Han logrado superar los prejuicios en un barrio principalmente afroamericano que no es nada tolerante y también (creíamos) los de sus familias, que no veían con buenos ojos que dos chicas estuvieran juntas, y mucho menos de razas distintas.
La primera tragedia ha ocurrido cuando a Marina se empezó a sentir mal. Como no tenía trabajo (y no podía comprar el seguro de enfermedad de su empresa anterior por el módico precio de 450 dólares al mes) ni seguro médico, esperó hasta el último momento, casi in extremis, para ir al hospital.
Fue ingresada de urgencia la semana pasada con una pulmonía grave. Debido a que está en la UCI (con una coma inducida y todo) la factura por ahora asciende a 130.000 dólares. Cuando la den de alta probablemente esté en un cuarto de millón.
Debido a que no es indigente, el hospital puede ejercer su derecho como acreedor y embargar sus bienes. Probablemente establezca un plan de pagos para abonar todo esto en bastante tiempo. Y estamos hablando de casi el resto de su vida, pues Marina no tiene formación superior y su último empleo pagaba menos de 25.000 al año.
Y aquí viene la segunda tragedia, porque debido a las leyes de nuestro querido estado de Florida, Amelia no tiene ninguna facultad jurídica sobre la vida de su pareja. La familia de Marina, en una escena sacada casi de Million Dollar Baby, se ha aparecido en el hospital, y ha tomado las riendas de las decisiones médicas. La apelación de Amelia ante los médicos y la administración del hospital no ha dado resultado.
La familia no solo ha decidido por Marina (que estará en un coma inducido hasta por lo menos el lunes), sino que ha excluido a Amelia de las determinaciones médicas, y sus consecuencias. Casi como un favor le permiten acceso a la habitación.
Hoy me he enterado de todo esto porque Josh en parte no me lo quería decir, sabiendo que iba a pillar un rebote de cuidado.
He ido a hablar con Amelia después del trabajo. Me he ofrecido a llamar a sus numerosos representantes políticos, congresistas, senadores, a escribir cartas, a buscar abogados que a quizá se interesen quijotescamente en su caso de manera gratuita. En escribir cartas, columnas y recomendar el asunto en nombre de varias organizaciones políticas.
Me dice que no. «No quiero cabrear a su familia, me pueden quitar todo el acceso a Marina».
Los dos nos quedamos mirando, y la impotencia y tristeza me hace llorar. Nos ponemos a soltar lágrimas como imbéciles, sin saber qué hacer salvo rezar.
Culpo a los sospechosos habituales. A los hermanos Bush, que han sacado tanta leña a este tema. A los conservadores religiosos que al parecer amar al prójimo solo es una máxima que aplica al prójimo que les cae bien. A los legisladores que permiten estas situaciones.
Pero también extiendo mi acusación a todos los que viven su vida hedonista, a los que llenan a tope las discos y los gimnasios buscando un desahogo sexual y luego se meten en el armario de sus vidas, pensando que les protegerá. A ese 25 por ciento de la comunidad gay que votó por Bush, a ese 30 por ciento que votó por el execrable Jeb Bush. A todos aquellos para quien «activista» es sinónimo de «pesado» o excesivo. A los que no dudan en ir tres veces a la semana a un bar gay, pero que ni les pillarías ni muertos en un acto político, concentración activista o manifestación. Y no hablemos de desfiles, porque el último organizado en Miami reunió a la gloriosa cifra de 50 personas, muchos de nosotros activistas.
Una comunidad que no se respeta y que no tiene espíritu de lucha, que de por sí es una minoría bastante indefensa, casi pide a voces ser aplastada.

Comentarios ( 1)
Y también debía ser extensiva a quienes presumimos de respetar las opciones de los demás, pero no elevamos nuestra voz cuando pintan bastos.
Por Juvenal | 27 de Febrero 2005 a las 06:50 AM