El estado de Florida tiene una modalidad que por 30 dólares al año puedes comprar una matrícula con los siete caracteres que quieras. Aprovechando que la oficina central está en la remota ciudad de Tallahassee, donde no sólo hay poquísimos castellanohablantes sino que además hay poca gente de por sí, a muchos se les ocurría poner barbaridades en sus matrículas: cabrón, cojón, cojones, pingudo, pin gon, y cosas por el estilo.
Total, que llegaron las quejas y el departamento decidió retirar todas las matrículas que parezcan ofensivas en español tanto como en inglés. Contrataron a una persona que se pasa el día buscando significados ofensivos y tacos (malas palabras, no la comida) en varios diccionarios.
Llegamos al caso de doña Antonia, una señora de descendencia rumana al parecer, que quiso esgrimir su apellido en una matrícula mientras conducía por su geriátrica ciudad de Naples, en la costa occidental del estado. Tras presentar su solicitud, le llegó la respuesta fulminante de Tallahasse: «la palabra que ha elegido para su matrícula es obscena». A la señora de 72 años le tuvieron que explicar detalladamente que su apellido, Putica, era muy malsonante en español.
Eso me recuerda al caso de la corresponsal de la cadena de periódicos Knight Ridder en Washington, la muy útil Jodi Enda. Y la reportera del Miami Herald, Marika Lynch. Nos hacían reír mucho a la hora de traducir sus artículos y respetar sus firmas.
