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Escalofriante

El País (perdón, EL PAIS) publica hoy el último escrito del historiador Javier Tusell. Una mezcla horripilante de excelente descripción de una muerte anunciada. Lo redactó pocos días antes de morir.

Debido a la puñetera tendonitis que mañana cumple cuatro semanas, entiendo un poco mejor el sentido de perder el control sobre tu propio organismo.

Desde siempre, los dedicados a la literatura autobiográfica han tenido un grave problema respecto del momento elegido para poner punto final. Lo apunta Sandor Marai, que opta por la estabilización de un tipo de vida; pero se trata, como ya he afirmado, de una preocupación generalizada. Gide concluye que hay que terminar cuando se nota el despertar de la vida o de los sentidos o cuando se prevé la muerte. En general, ésta se considera el punto final correcto, y la mayoría opta por él, más en la teoría que en la práctica: se escribe hasta cualquier momento y luego se deja la publicación a los familiares cuando has desaparecido.

Chateaubriand aseguró, así, escribir desde el féretro, y Mark Twain, desde la tumba, porque "ya habré muerto cuando el libro salga de la imprenta"; algo parecido hizo Kipling. Todo ello resulta un poco fúnebre. Queda, además, el problema de cómo abordar la propia desaparición.

Dos escritores que me producen entusiasmo, Raymond Aron y Josep Pla, lo han hecho de una manera parecida; es decir, con simplicidad y de forma directa. Así pues, viene a decir Pla, sufrí un infarto del que proporciona la fecha. Evitando el carácter fúnebre, y con parecida simplicidad, voy a aprovechar mis especiales circunstancias para abordar las páginas finales de este libro.

Reproduzco más párrafos a continuación...

Yo me morí el 28 de febrero de 2002. Jugaba habitualmente los fines de semana al tenis con mi amigo el sociólogo José Ignacio Wert. Quizá, sin embargo, sería más correcto decir que sudaba practicando un arte que la mirada ácida de mi hijo describía como una combinación entre la danza de Nijinski y el manejo de la sartén por parte de Carlos Arguiñano. Un domingo sentí un escalofrío cuando ya estaba en casa de vuelta de hacer ejercicio; quizá tardé en ducharme, y con ello me resfrié. Al día siguiente tenía que participar en la tertulia de la SER con Iñaki Gabilondo. Lo hice, pero volví luego a casa porque me encontraba mal. Estuve una semana en cama con una fiebre variable, a veces muy alta; pensamos, sin embargo, que era una gripe, y el médico recetó la medicación habitual. Pasados esos días, como empeoraba, mi mujer llamó a un médico de urgencia, que me envió a la clínica en ambulancia. Recuerdo que al poco tiempo una médica joven, rubia y menuda me anunció que me iban a trasladar a la unidad de cuidados intensivos. Le dije que me sonaba más bien impresionante.

A partir de este momento permanecí dos meses y tres semanas en la UCI en situación de coma inducido. Parece que me sucedió una catarata de desgracias; padecí una septicemia y un fracaso multiorgánico. Hasta tres veces me operaron -del corazón, del abdomen, de la pleura-, comunicándole a mi mujer que era casi segura mi muerte. Pero salí adelante. En el fondo, lo que padecía era un mal funcionamiento de la médula, o sea, que tenía como consecuencia dejarme por completo indefenso ante una pulmonía como aquella por la que pasé. Me había hecho análisis previos que señalaban algo peculiar al respecto, pero se había desechado que fuera de importancia.

Durante todos esos días no me enteré de nada: no padecí dolores ni recuerdo prácticamente nada. Tuve, no obstante, extraños sueños en los que aparecía gente tan variada como el historiador Tuñón de Lara y la infanta Cristina. A mayor abundamiento de la rareza, el escenario de esos sueños era la Guerra Civil, y tenía que ver vagamente con la novela de Javier Cercas Soldados de Salamina, que yo estaba leyendo entonces, pero con trastueque de los personajes y los acontecimientos. Tenía la sensación de que yo sabía el final de la Guerra Civil, y el resto de los personajes que me rodeaban, no. Todos ésos eran sueños plácidos, que incluían al entorno familiar inmediato, mi mujer y mis hijos. Cuando a ellos les permitían entrar a la UCI a verme, me hablaban todos, pero sólo cuando tomaba la palabra Veva se alteraba un poco mi electrocardiograma. De alguna manera soñaba un futuro sin problemas para ellos (incluido un segundo matrimonio de Veva). Pero también hubo sueños angustiosos relativos sobre todo a una supuesta mala relación entre mis padres, que nunca tuvo lugar, o al hecho de que los persiguieran por delitos económicos, algo también nada imaginable desde cualquier punto de vista.

Tras esas once semanas desperté. Veva entró en la UCI y me dijo: "Ahora ya te vas a recuperar". Pero el estado en que estaba era más bien catastrófico. No podía hablar porque me habían practicado una traqueotomía. Mi cuerpo estaba lleno de cicatrices y deformado por las operaciones. A mi mujer le dijeron sucesivamente que, a pesar de haber salido adelante, quizá padeciera una lesión cerebral -pronto, sin embargo, comprobaron que no me había vuelto aún más tonto de lo que ya era- o que estaba condenado a la diálisis perpetua (eso tampoco sucedió). Empecé sólo entonces a padecer el dolor y la incomodidad permanentes.Con una avanzada atrofia muscular, para mí era un sufrimiento insoportable el mero hecho de que me sentaran en un butacón. Tuve que reaprender no ya a andar, sino previamente a tocarme con el pulgar el resto de los dedos de la mano; había olvidado incluso cómo respirar correctamente por haber permanecido con respiración asistida. Comía y de forma inmediata vomitaba; cuando empecé a conservar alimento tuve una úlcera y luego una obstrucción intestinal. Durante semanas no pude leer por dos razones: no conseguía concentrarme, pero tampoco sostener entre mis manos el libro; así me sucedió con las memorias de José Ortega Spottorno.

He debido reconstruir estas sensaciones a la vez con esfuerzo y con la ayuda de los demás, porque algo que descubres cuando te paseas al lado de la muerte es la inmensa capacidad de olvido selectivo de la que dispone el ser humano como una especie de caparazón protector. Es una de las bendiciones de que disfrutamos los seres humanos, y sólo entonces se hacen presentes.


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