Si el año pasado en Hollywood fue el de la película larga a la que le sobraban por lo menos 20 minutos (y en el caso de Cold Mountain, 100), este año para mí ha sido el año de las parejas.
Me centro en cuatro filmes esenciales este año, y en sus uniones:
1. Closer (Alice/Rose, Dan, Anna y Larry). Natalie Portman, Jude Law, Julia Roberts y un sorprendente Clive Owen dejan las rosas y el agua oxigenada de lado y emplean el amoníaco para lavar sus imágenes y curar sus heridas.
En EE.UU. ha provocado un éxodo masivo de los admiradores de la Roberts, que no soportan ver a su ídolo cachonda; y eso que el rol que la propulsó a la fama fue el de una prostituta. Cosas de estos tiempos y del cine serio: el papel de zorra ingenua de Pretty Woman parece el de una monjita de clausura en comparación con el de Closer.
Pero el que haya entrado en la dinámica del engaño, del abandono y de la reconciliación a veces mágica con una pareja, entiende este código Da Vinci exclusivo. Sabe que cada pareja, aparte de ser un mundo, tiene su química propia, inexplicable y a veces muy volátil.
2. Hotel Ruanda (Paul y Tatiana Rusesabagina). Entré a verla con cierto cinismo, creyendo que sería una versión africana de la Lista de Schindler. Pero el siempre estupendo Don Cheadle logra una actuación que aunque no siempre es ideal, te arranca las lágrimas. En medio de la matanza hutu de los tutsis, Rusesabagina (sin comentarios), logró salvar a 1.200 en «su» hotel, ante la gran indiferencia del mundo «civilizado».
De paso, Paul (que es hutu) logra salvar su relación con su mujer, una tutsi que varias veces estuvo a punto de ser asesinada. Por su sadismo y enorme carga moral, la escena de la carretera del río (la de los «baches») y su posterior reacción es la mejor.
3. The Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Clementine, Joel, Howard y Mary). Las películas de Charlie Kaufman son más raras que una sopa de ajos, pero desde el raro por ser raro (Being John Malkovich y la caótica Adaptation), ha madurado para esta historia de dos parejas que tienen el sino de estar juntos.
Utilizando el flashback más veces que Almodóvar en La mala educación, la complejidad técnica esconde una sencillez de relato: los cuatro están enamorados de la otra persona, y no hay tutía. Tienen esa atracción que una limpieza de memoria no borra. Jim Carrey está como nunca, y por fin Kate Winslet tiene un papel que refleja parte de su aparente ferocidad.
Con la curiosa dirección de Michel Gondry (que no se rinde ante las veleidades del guión de Kaufman), se logra un mensaje nítido: a veces exigimos demasiado de otros seres humanos, sin lograr valorar el momento vivido, lo bueno.
4. Kinsey (Clara McMillen y Alfred Kinsey). El director Bill Condon logra una ambientación de mediados de siglo que no sólo se obtiene en escenografía sino también en mentalidad. Lo que ahora nos parece timorato y puritano, hace 60 años en Estados Unidos eran revolucionarios.
Clara y Alfred descubren no sólo la complejidad de su sexualidad, y sus matices personales, sino que además (interpretados por los fabulosos Laura Linney y Liam Neeson) el punto de encuentro entre la carne y la emoción.
Iba a poner a Eduardo y a Juan/Zahara de La mala educación. Pero eso ya es harina de otro costal, y una pareja algo debatible.
