Recientemente comentaba con un amigo una situación que me era aparente. Hablaba de que se acercaba a un antiguo amor con cautela, y que al primer indicio de pasarlo mal, se apartaría.
Le comenté, siempre en tono metafórico, que ya estaba tan quemado, que ni se enteraba de lo que le dolía. Que se estaba engañando al fingir que no sentía nada. Lo mismo me ha pasado a mí con un reciente aniversario funesto para mí, en el cual conmemoro la muerte de un ser querido.
En esta ocasión, aunque he observado mi momento de angustia, no lo he sentido tanto como en otros años. Quizá se puede atribuir al paso de los años, que lava todo con sus hojas de calendario. Pero se me ocurre que también puede ser que he utilizado los mismos mecanismos emocionales para expresar y sentir esa tristeza que de tanto hacerlo, se han quemado igual. No lo sé, no sé cuál de los dos es peor. Recordar a alguien que ya no está en este mundo tiene un sentido egoísta, pues el fallecido no hubiera pedido ningún tipo de hueco en tu agenda cada 2 de enero, como lo practico en este caso.
Todavía cuando oigo I will always love you, chillado por Whitney Houston, se me pone la carne de gallina. Es la banda sonora de esa tragedia que cada vez me emociona menos. Debe ser un recurso de la supervivencia olvidarnos de lo sufrido.
