Uno de mis deberes nada periodístico es velar por la salud de la lengua, cosa que a veces logro y otras no. Como tal, me coloco inmediatemente como un purista, y aunque reconozco que soy algo carroza y antiguo en ese sentido, me sientan muy mal los anglicismos que se nos cuelan, y los giros que desaparecen.
El otro día me revolvió las tripas oír a un alto funcionario españor decir que «vamos a remover a la banda terrorista ETA». El sentido tradicional de remover («mover otras veces, dar vueltas») está siendo reemplazado por el anglicismo, que significa extraer.
Una hermanita colada es la de género como sinónimo de sexo. Antiguamente, sólo los sustantivos, adjetivos y artículos tenían género. Ahora los seres humanos hemos dejado de tener sexo (masculino y femenino) y ya tenemos gender. Uy, perdón, género. Violencia de género es su mayor exponente.
Con doméstico como sinónimo de nacional ganamos todavía la guerra, pero por poco. Se nos cuelan vuelos domésticos y cosas por el estilo. Perdida está mi batalla, personal, contra homofobia. Me parece un disparate, pero bueno, seremos universales.
Entre las sutilezas que perdemos a diario es la diferencia entre deber y deber de. Muchos, sobre todo en Latinoamérica no entienden la distinción entre «debes ser feliz» y «debes de ser feliz».
En algún tiempo de la lengua había gente como yo que se oponía a la entrada de galicismos como ensayo, o que a palabras como pseudónimo, psicólogo y pneumático se les quitara la p. Hay quienes conservan una pe en sicólogo y renuncian, ilógicamente, a las demás.
Las voces que hoy me parecen horrendas por ser ajenas al idioma, en 20 años parecerán normalitas. Esa es la magia del castellano, y razón de vida. Todo es esperar que se pronuncien los señores académicos en el Paseo del Prado, y que los guardias saquemos la bandera blanca en lugar de la tarjeta amarilla.
