Creo que la mayor magia de George W. Bush es atribuirse como victoria propia el éxito de políticas ajenas a su voluntad. Son buenos ejemplos la comisión del 11 de septiembre y el inmanejable Departamento de Seguridad Interna.
Se opuso a ambos proyectos en un principio con una ferocidad enorme; pero al ver que eran muy populares, abandonó su curso de manera silenciosa y, magia potagia, se convirtieron en sus ideas.
Ahora en Irak, tras meses de insistencia por la ONU en celebrar elecciones, la enorme valentía del pueblo iraquí que salió a votar en números bastantes crecidos es plasmada como una victoria bushiana más.
Para lograr esto hace falta una desfachatez descomunal, un aire de «intransigente» y la cooperación de los medios de comunicación. Y lo logró.
Como asterisco histórico, debo añadir que Alemania celebró sus primeras elecciones municipales en diciembre de 1945, seis meses después de una tenebrosa derrota militar que tras un prolongado mecanismo destructivo de más de un año dejó a sus ciudades e infraestructura hechas trizas.
Irak celebró sus comicios a 20 meses, y no lo hizo antes por la obstinación de Bush. Estoy convencido de que si las tropas estadounidenses hubieran entrado en Bagdad con una fecha fija de elecciones, otro gallo hubiera cantado.
Pero eso acarreraría poseer una competencia maquiavélica, ¿verdad?
