En la oficina me han puesto el apodo de «hijo del maltrato» debido a la forma tan inepta con la que he llevado mi dolencia. Hace una semana tendría que haber ido al ortopeda, pero tras siete días de calvario autoimpuesto, hoy fui por fin (15 dólares, por favor).
Al principio fue una comedia, pues la radióloga no tenía la menor idea de cómo sacarme la radiología. Mientras la señora (una nativa de Valencia que se crió en Atlanta) me comenta sobre la vida y milagros de su hermano, un dermátologo que sí se quedó en la Ciudad del Turia, me obliga a posturas rarísimas, como si estuviéramos en un estudio fotográfico.
Tras meterme radioactividad en el cuerpo y volver a la salita, la valenciana georgiana vuelve a por mí. «Tengo que hacer la radiografía otra vez». Tengo que estar inclinado en un ángulo de 80 por ciento, con la cara contra la plancha horizontal. «¿Quiere una sonrisa o que tenga el gesto serio?» pregunto con sorna.
La señora (que permanecerá anónima, salvo mencionar que tiene un apellido muy Serrano) me incita a que me pongan una inyección de cortisona. «Te quita el dolor así...», gesticula, valenciana al fin.
La radióloga expatriada desconoce que tengo aversión fobia a las inyecciones desde niño, cuando varias dolencias me hicieron habitué de las agujas de mi tío Paco y de otros practicantes. Creo que pocos momentos de mi infancia me ponen los pelos de punta como ver entrar por la puerta del chalé de mis padres en la sierra al practicant e de Robledo de Chavela, con su gigantesco estuche donde guardaba su aguja y aromático alcohol. Todavía no sé muy bien por qué me tenía que oscultar antes de pincharme, aunque no es mala práctica.
Menos mal que he logrado superar en gran parte ese miedo...
Debido a la falta de comentarios, el usuario tiene toda libertad de pensar aquí en una barbaridad guarrísima o freudiana, escribirla y mandarla con lujo de detalles a elpracticanteyemilio@glosas.net
Total, que el ortopeda me receta neprosen y me hace despedirme de la codeína, y va a por la inyección tras convencerle de que tengo dolor y de que mi masoquismo busca nuevos horizontes. Como una inyección de cortisona, for example.
Ahora entiendo a John Kennedy y Felipe González, que se metían corticoides como si fuera caramelo. Es un milagro de la medicina moderna. Me quita el dolor, dejándome eso sí cierta presión en el hombro, como si fuera Neo saliendo del Matrix.
Eso sí, sé que tengo las horas contadas, y hago gestiones como una apresurada Cenicienta consciente, de que en cualquier momento sonarán las doce campanadas y mi brazo volverá a parecer la pierna del Kaiser Soze interpretado por Kevin Spacey.
