A los 40, 45 minutos, la pastilla de codeína entra en acción. Y es justo en plena jornada laboral, cuando más sensación tengo.
Me eleva a un prado lleno de margaritas, como si fuera una mano divina que además de quitarme el dolor, me da una efusividad insólita. Me incita a alabar el amor, a cantar a la vida.
Es el segundo día seguido que me veo «obligado» a tomarme la pastilla en el trabajo, y se nota que durante mi adolescencia no me dediqué a tomar alucinógenos ni opiáceos, sino que me concentré más bien en el alcohol.
A las tres horas, empieza la bajada. El hueso que antes no dolía vuelve a doler. Quizá, viéndolo de manera objetiva, me duele igual o un poco menos que esta mañana. Pero tras bajar de Nirvana, se siente muchísimo. Entiendo más todavía a la gente que se chuta, a la gente que se vuelve adicta a esto. De hecho, hago mis fintas para comprar percocet, que dicen que es mejor que la codeína que me estoy tomando.
Ya van 10 días de esto, y no encuentro un remedio. El lunes voy a ver a un ortopeda, a ver qué pasa.
