Una de las escenas más famosas del musical Chicago es cuando una de las presas expresa sus diferencias creativas con su picaflor y difunto marido. «Él se veía a sí mismo vivo, mientras yo le veía muerto».
Algo parecido me pasa con mi quiropractico, quien promete curarme el dolor. El caballero de la columna vertebral dice que prefiere curarme sin calmantes, que según él no curan las causas del dolor.
O sea, dicho en buen caló, jodete y morite. No sabe que mi médico de cabecera me ha recetado codeína, y que sin ella (la codeína, no la doctora), las noches serían insufribles.
Total, acepto su caro y prolongado régimen para mi columna vertebral. Mi seguro sólo cubrirá en parte el tratamiento de seis meses.
Vende la quiropraxia como la panacea de la salud, un culto que a base de testimonios ajenos taimadamente expuestos («ya no estoy en una silla de ruedas», «adiós a la hipertensión», «tenía diabetes»), da a entender que cura todo.
El quiropráctico celebra una orientación para pacientes nuevos, diseñada para dar a entender la magia, pero también para meter miedo: abandonar el tratamiento una vez que se disipa el dolor es verdaderamente peligroso para tu salud.
El «doctor» abre la sesión de preguntas, en la cual los pacientes no deben de preguntar mucho, almidonados por el dolor. Pero respaldado por los opiáceos, me atrevo a preguntar:
- Muchos quiroprácticos tienen compresas y masajes para aliviar el dolor, pero usted...
- Es que eso no hace nada para abordar la raíz del dolor.
Ah, muy budista de su parte. Espero que me dure la codeína...
