RANCHO GUARAGUAO, Constanza - A veces menosprecio el impacto que tiene la naturaleza en mí. Hoy en particular ha sido la singular belleza de la Península de Samaná. Me volví a encontrar con mi playa favorita de Rincón, esta vez hecha un verdadero asco: llena de basura y algas. No sé qué me hace sentir peor: el hecho que hace 14 años esta fuera una playa prácticamente virginal, o que se vea el terrible desenlace del impacto humano.
A mis acompañantes, ambos domincanos, les gusta mucho más Las Terrenas y sus turísticas playas, y las panorámicas que ofrece la sierra de Samaná. Pero no, Rincón para mí sigue siendo consigna exótica, una especie de xeito tropical donde me siento bien, con botellas de plástico por doquier y todo.
El desayuno en Club Bonito ha sido encantador: fruta y comida bien hecha. Felicito al encargado de la recepción, es muy fácil caer en desuso y mala administración por estos lares, pero aun con una tasa de ocupación que no rebasa el 10 por ciento, logran brindar un servicio genial.
El cambio entre la playa y la montaña no es radical; más bien largo. Lugares tan poco atractivos como el extenso pueblo de carretera que se llama La Pichinga (sin comentarios) o el bullicioso San Francisco de Macorís, tan distante en apariencia y espíritu de su tocayo californiano. Conducir en Santo Domingo me cansa, no me acordaba de las numerosas tensiones que pueden representar medio mundo en moto, los constantes baches y el desacato casual a cualquier código de circulación.
De los llanos del centro de la isla trepamos súbitamente las escarpadas lomas de la Cordillera Central. La carretera que lleva a Constanza, conocida como la de Casabito, es amplia. El problema es que en un par de tramos las maravillosas vistas y caídas están en el mismo firme: hasta tiene un gigantesco boquete que de caer desprevenido en él te llevaría a la misma muerte.
Pero la puesta del sol por la zona es espectacular...debido a una falta de carteles, nos perdimos y no llegamos a nuestro alto destino hasta la noche.
Rancho Guaraguao es un capricho: la cabaña sin calefacción vale más de 200 dólares, pero su vista del valle intramontano de Constanza merece la pena. Eso sí, hemos pasado una noche de frío, pues cuando estás a 13 grados dentro, no es nada placentero.
