Han perdido mi equipaje. Es una sensación horrorosa ver el carrusel pasar con maletas que no son tuyas, y cansado, esperar hasta que la encargada diga que no hay más. Frank no aparece, a lo mejor se ha cansado de esperarme.
Mi taxista tiene más años que la tos, y en una compentencia con su automóvil para ver cuál de los dos está más caduco. Ha estacionado en el parking del aeropuerto, y tarda 10 minutos en recogerme. No sabe llegar al hotel, y me clava 30 dólares. Para llegar, le hemos tenido que preguntar a una prostituta («estos cueros saben to'», explica el conductor), que a su vez se ha ofrecido a acompañarme a mi habitación. Eso sí, de manera muy cortés. Además de modales, confirma la teoría del taxista, pues sabe exactamente dónde está el hotel. Bonito por fuera, dilapidado por dentro, típico del barrio de Gazcué. Y carísimo; todo turista en República Dominicana tiene un símbolo de dólar, invisible para sí, en la frente.
Y esto ha sido durante mis primeras dos horas de vuelta en Santo Domingo. ¿Se puede pedir más?
