LAS GALERAS, Samaná - Según mis dos compañeros de viaje, tenemos sal. Un dominicanismo que viene a significar mal fario o mala suerte; que somos gafes, vamos.
Primero, la operación Rescate de Maleta Extraviada fue un desastre. A las 7 a.m., la aerolínea creía teneral, pero «no hemos inventariado el lote de maletas que está aquí, probablemente la suya también».
A las 8:55, recogemos a Wendy, amiga de Miguel Ángel, en una concurrida semiesquina de la Máximo Gómez con la Kennedy. Pero era la equivocada (la semiesquina, no Wendy), y Miguel tuvo que ir a recogerla, cruzando el tráfico. En una ciudad donde se desprecia tanto el código de circulación, no pensé que los conductores iban a ser tan soeces con alguien como yo que quisiera cambiar de carril para hacer tiempo.
Cruzando, Miguel se equivoca de jeep y casi acaba en manos y vehículo de un desconocido. Después, el centro de llamadas de la Verizon en la Máximo Gómez no funciona. Intentamos llamar desde otros dos teléfonos públicos, y ambos están averiados. La Codetel no es lo que era antes.
Decidimos ir al aeropuerto directamente, tentando a los dioses. Pero me meto por la calle que no es, y acabamos dando dos vueltas por avenidas circunvalatorias (La San Vicente de Paúl y la Charles de Gaulle, antes de llegar a la bendita autopista del Aeropuerto. Pero fue en vano, el equipaje llegaría en un vuelo de carga esa misma tarde, me juraron, a las 6. Volver a cruzar la ciudad, para meternos en la Autopista Duarte, que lleva hacia el noroeste.
La paradisíaca Península de Samaná está al noroeste de la Capital, pero debido a accidentes geográficos y a una carretera de peaje que sigue en obras teóricas, el desvío para alcanzarla es gigantesco. Primero hay que cruzar la Cordillera Oriental, para luego entrar por una carretera secundaria por «ciudades» como Maimón, Cotuí y Pimentel. Pensaba que el trayecto sería atroz, pero no. Hasta llegar casi a Pimentel, la pista está en excelentes condiciones. Entonces llegan los baches, una cadena de socavones y charcos que desafían cualquier pensamiento linear.
Posteriormente, los desvíos. Llegamos al cruce con la carretera de Nagua tan agitados que ya estamos listos para ser usados. La malísima carretera, los aventurados choferes que deciden adelantarme aun cuando hacemos caravana y la intensa lluvia estresarían a cualquiera, y a mí mucho.
Pero entonces, Samaná. Como en una película de Hollywood, se levantan las nubes, mejora la carretera, y de repente hay palmeras, pintorescas lomas y playas tropicalísimas por doquier. En el restaurante del Malecón de Samaná nos clavan tres platos bastante sencillos (dos chowfan de pollo y unos espaguetis a la boloñesa) a nada menos que 1800 pesos (unos 65 dólares).
Una vez comidos y estafados, nos vamos a la punta occidental de la península. A Las Galeras llegamos a media hora del anochecer, y después de preguntar en un par de lugares y aprovecharnos de que hay mucha gente, logramos dos habitaciones en primera línea de mar en Club Bonito por 110 dólares. No está mal.
Al caer del sol, caigo yo. No me he librado mucho de la bronquitis, y con todo el estrés, el cuerpo me está pasando factura.
