Confieso algo que debe ser aparente ya al leer esta bitácora: el resultado electoral del pasado 2 de noviembre me dejó muy mal. Tendría que haberlo superado, y de hecho fingí hacerlo, pero no hubo manera.
El fondo llegó el viernes, cuando me leí la investigación de un catedrático de estadística de la Universidad de Pensilvania, que analiza las encuestas a pie de urna y llega a una conclusión bastante ominosa. Esa noche, como todas las noches desde el 3 de noviembre, soñé con algún aspecto electoral.
Mis sueños no suelen ser placenteros, máxime en una faceta que tanto me agobia. Soñaba que esperaba a votantes en Misuri, o que era vocal de una mesa electoral en plena disputa. El viernes por la noche decidí que escribiría profesionalmente sobre el tema.
En el medio no se ha comentado mucho los esfuerzos para el recuento en Ohio, y mucho menos las teorías de inconsistencia del resultado con las encuestas. Hacerlo supone abrir la puerta un poco a la crítica de que albergo alguna esperanza del triunfo de Kerry, pero quería exorcizar estos demonios, y sé que se puede hacer de una manera más o menos imparcial.
Escribirlo fue por primera vez en mucho tiempo una especie de cataplasma emocional. Espero dejar de soñar con mis corderos particulares. Anoche el sueño fue más pastoral, un recuerdo de las filas en el Cruce de Matayaya, provincia de Elías Piña, República Dominicana, mientras esperaban votar. Era el 16 de mayo de 1990. Por lo menos voy por mejor camino. Volví a soñar como espectador, y esta vez por lo menos fue tropical.
En cuanto al artículo en sí, la alusión está casi escondida en la cuarta página:
Steven Freeman, catedrático en la Universidad de Pensilvania, analizó los resultados de las encuestas en los tres estados, y tras señalar que las encuestas a pie de urna son prácticamente científicas en numerosos países, lanzó una provocadora conclusión:«Los resultados finales de Kerry reflejan que están por debajo del 99 por ciento del intervalo de confianza...La posibilidad de que cualquiera de estas dos anomalías estadísticas ocurran simultáneamente es de una entre un millón.
«La probabilidad de que estas tres ocurran a la vez, como ocurrieron, es de 250 millones entre una. Es imposible que las discrepancias entre el voto predicho y el voto contado en estos tres estados críticos de la elección del 2004 se deban a una casualidad o a un error aleatorio", dice Freeman en su dossier "La discrepancia sin explicar de las encuestas a pie de urna (The Unexplained Exit Poll Discrepancy).
El profesor de estrategia y organización no quiso llegar a ninguna conclusión, pero la sombra de que algo no fue del todo bien quedó clara en su conclusión:
«Atribuirla a un fraude sistemático o a un error en el conteo es una conclusión prematura, pero la discrepancia sin explicar de las encuestas a pie de urna la obligan a ser una hipótesis inevitable, algo que debe ser investigado por los medios de comunicación, profesorado, agencias de opinión pública y el público en sí».
