El miércoles, tras dormir apenas dos horas, estaba hecho polvo. Furioso, miedoso, sin sentido. Ayer fue un día verdaderamente infernal, y sentí una gama de emociones que hacía tiempo que parecían ajenas.
Por primera vez en meses me hizo verdadera falta un abrazo con Josh, necesité meditar un poco.
Hay un análisis fácil de esta derrota (o victoria, según se mire): ganó el miedo. Y no sólo el miedo a Osama Bin Laden, a los franceses, sino también a los homosexuales y a otras personas que según un grupo de votantes quieren eliminar "el sueño americano". Fueron más asustados y tuvieron mayor aliciente de votar. Esto lo demuestran las encuestas: en 2000, el 29 por ciento de los votantes se consideraban «conservador» o «muy conservador»; cuatro años más tarde fue el 34 por ciento. Eso mata cualquier intento racional de retomar el poder.
Pero personalmente, he decidido no tener miedo, no frustrarme y de vez en cuando emocionarme un poco para tener presente esta derrota. Pero soy optimista; me queda un poquito de fe en Bush, que entre su enorme orgullo y terquedad encuentre algo de sentido común y verdadero humanismo. De no hacerlo, el futuro no es de los republicanos en este país, me recuerda un poco al canto de cisne de Thatcher. Que lo aprovechen y que nos sea leve.
