Hoy fui a votar por anticipado con varios compañeros de trabajo. Debido a mi activismo, he votado por adelantado en las últimas cuatro elecciones municipales y estatales, y nunca he tardado más de 10 minutos.
Pero la cosa cambia: el centro está lleno de gente, y nos dan números como si estuvieran en una carnicería. Primero en una cola fuera, al sol. Después nos llaman y sientan en un vestíbulo, y luego nos vuelven a llamar y sentar en un vestíbulo en el segundo piso.
Por fin, después de casi una hora, votamos. Tenemos fe, sobre todo teniendo en cuenta que el sistema electrónico de voto en dos condados vecinos se ha colgado, y muchos que han ido a votar en esos sitios se han quedado con la miel en los labios.
Y también tenemos fe porque nuestro glorioso condado de Miami-Dade reconoce haber «borrado por error» el primer voto electrónico realizado en septiembre de 2002. A los ahí congregados, en su mayoría votantes de Bush, nos da igual. El fervor democrático está a prueba de cualquier postulación científica, o en este caso, electrónica.
