
Estoy con el fotógrafo en un comedor popular en el pueblo de Wahneta. Es la zona de Florida por la cual han pasado tres huracanes en menos de seis semanas. Esto es lo que peor se me da en el periodismo: hablar con gente mientras ha ocurrido una tragedia.
La cobertura de lo malo no es ajena a mí: en el diario cubría asesinatos, obituarios y cuando hacía espectáculos me convertí en una especie del ángel de la muerte de la farándula: si pasaba algo horrendo a un artista de segunda división, tenía que cubrirlo.
Por lo cual me hice experto en llamar a hospitales y demás, obteniendo los detalles del accidentado. Lo aborrecía.
La gente, todos inmigrantes mexicanos que han perdido su empleo de recogedores de fruta para ahora reparar techos o recoger escombros por todas partes, parecen intuir mi desasosiego. Me dan de lado, nadie me habla cuando saco la libreta de apuntes.
Algunos creen que el periodismo consiste de un glamour o encanto especial, pero desconocen que existen vertientes que cuando las cubres, te llenan de espanto.
Por la tarde, tras hablar con numerosas agencias de ayuda al inmigrante que me cuentan lo inmensamente difícil que va a ser la recuperación para esta gente, casi todos pobres de solemnidad, seguimos hacia la costa.
En el eje de Melbourne-Vero Beach, a dos días del huracán, las carreteras costeras siguen cerradas. Pero al mostrar nuestra tarjetas de identificación, la guardia nacional nos deja pasar. Los daños son extensos en las mansiones y chalets y apartamentos de lujo, en primera línea de mar. Menos mal que la inmensa mayoría evacuó.
Cuando llegamos al segundo control, nos topamos con un agente de la oficina del sheriff. Se percata de nuestra curiosidad morbosa:
«Más adelante hay cosas excelentes. Bueno, terribles, pero buenas para sacar fotos». Genial. El ángel de la destrucción vuela de nuevo.
