Hay un dicho que afirma que la gente demuestra su verdadera naturaleza cuando las cosas van mal. Un buen ejemplo de ello ha sido Miami, bajo dos alertas de huracanes.
Lo primero en desaparecer son las tablas de contrachapado en los almacenes de bricolage. Después, casi paralelamente, el agua en el supermercado. Lo último y más necesario en agotarse es la gasolina, y aquí se me cuelan dos personas mientras espero. Grito, chillo, pero los que llegan al surtidor primero son ellos.
La justicia poética es bastante hosca, pero funciona: los colados sacan la manguera, intentan, pero no hay gasolina. En las colas las personas se pelean: un señor mayor llama puta a una chica que le está metiendo prisa, y la tensión se percibe en las sonrisas de los presentes.
Un segundo garbeo por el supermercado muestra cosas más reveladoras: no hay aparcamiento un sábado a las 8:30 de la mañana. Por fin veo una plaza, y una señora me lo quita, como si fuera invisible. Me quedo con cara de panoli, y la mujer sale tan campante.
En el súper ya no queda agua, y se me derrite el alma ver a las madres comprándoles Coca-Cola y Seven Up a sus hijos. Curiosamente, también han desaparecido las patatas fritas.
Durante Frances se nos va la luz durante cinco días. Y eso que los vientos no eran fuertes.
En años anteriores albergaba deseos de que viniera un huracán a la zona. Después de pasar la parálisis que sufre la ciudad durante dos de ellos que ni siquieran pasaron cerca, me que han quitado las ganas.
