La Convención del Partido Demócrata empezó en una nota positiva, prometiendo que no iba a atacar al presidente Bush, sino a resaltar la fuerza de su candidato.
Y entonces salió al podió un señor de 80 años, con cara gastada, y con un Premio Nobel de la Paz debajo del brazo. Un ex presidente que se esforzó en poner una agenda humanitaria y pacífica, y que ha sido acusado de ser pusilánime, cobarde y flojo en todo por la derecha.
Y con mucho tacto y diplomacia, ha hecho polvo a Bush de forma absolutamente inesperada. Ha sido como de repente ver a tu abuelita levantarse y utilizar todo tipo de palabrotas y tacos para poner verde a alguien. Pero lo ha hecho con tanta sutileza y mala leche, sin duda aprendidas en el circuito de la diplomacia de todos estos años, que me ha causado placer.
Es cierto, a veces parecía víctima de un infarto, y se le trababa un poco la lengua. Pero ver su cara cubierta de picardía, aprovechando para devolver con indirectas verbales y de dicción toda la bilis que le han proferido durante 24 años ha sido un espectáculo alucinante. Y al final, quedó como un caballero. Todas las acusaciones han sido profundas pero certeras: «un ciclo de errores y cálculos fallidos»
Mañana veremos cómo le devuelven el insulto a Carter (¿se atreveran a decir que han sido avasallados por un abuelo de 80 años Premio Nobel de la Paz?), pero hoy por hoy, deleite sin cuartel.
Al final, Clinton cerró la noche demostrando por qué es el mejor político y orador de su generación: «La sabiduría y la fuerza no son incompatibles».
