Me he ido a comer con mi madre en South Beach, esa parte chic de Miami Beach. Impresiona ver lo que ha crecido y cambiado la zona, y no precisamente para bien.
Empecé a vivir en Miami Beach en 1987, cuando era todavía una ciudad disputada entre junkies, jubilados y malhechores. Lincoln Road, una calle peatonal, tenía dos manzanas de vida vendiendo cámaras y artículos de electrónica a turistas.
Ocean Drive estaba lleno de jubilados, y había estacionamiento para todos. Eso se puede observar de forma anecdótica al principio de Scarface, cuando van al apartamento donde ponen a funcionar la sierra eléctrica.
Después, a principios de los 90, South Beach empezó a asomar su cabeza actual. Tras el Clevelander, el primer bar en Ocean Drive, aparecieron otros. Y de repente los asilos y hoteles de la tercera edad se intercalaban en esa calle con bares.
Entonces Miami Beach sí era bohemia. Todavía no había venido mucha gente de bien, y la chusma de la ciudad se intentaba adaptar a sus nuevos habitantes bohemios. Lincoln Road, todavía oscuro, se convirtió en una buena zona para abrir estudios de artistas y galerías.
Los habitantes se volvieron más jóvenes, pero igual de desesperados que los anteriores, y casi igual de pobres. Por un momento, Ocean se volvió la avenida chic, y Washington Avenue, su paralela a dos manzanas, era la más malvada y de clase baja.
Todo cambió poco a poco. Vinieron Versace y The Birdcage, se fue el David's Cafe original. Y aunque tardó casi 15 años en transformarse, actualmente South Beach es un centro comercial gigantesco, un mall del extrarradio con su Banana Republic y GAP.
Las viviendas han sido rehabilitadas en su gran mayoría, y un apartamento de dos dormitorios que en 1989 se podía alquilar con suerte por $400, hoy sale por el triple.
Y ese SoBe malvado, cuatrero y forajido, donde ir al sur de la 5 Street era casi jugarse la vida, pasó a la historia, casi como Hell's Kitchen o la antigua Chueca. Debo ser un nostálgico del crimen, pero ahora es un lugar descafeinado, un ying sin yang. Y para colmo, carísimo.
