Ayer tuve la desagradable tarea de preparar las fotos del «incidente» de Faluya, la ciudad iraquí donde mataron a cuatro civiles: los ametrallaron, tiraron granadas dentro del coche, vino una turba que volvió a prender fuego al coche, apalearon a los cadáveres semiincinerados y los colgaron de un puente.
Dentro de lo macabro y horroroso, es una comparación de dos filosofías sobre el precio de una vida. En Faluya, obviamente la vida vale muy poco. Se puede hacer un gran número de valoraciones, incluyendo que siempre ha sido una ciudad rebelde desde antes de Hussein y que la intervención estadounidense no ha estado a la altura de un ejército moderno de una potencia democrática. El caso es que no hay mucho respeto.
Esto entró de lleno ayer con la presunción estadounidense de que una vida de un ciudadano de EE.UU., como los antiguos ciudadanos de la pax romana, vale bastante más que cualquier otra. Y anoche en varias cadenas, que me imagino que titubearon al poner las horrendas imágenes, se vio la horrosa convergencia de ambas filosofías. Las reacciones que vi se dividieron entre «nos tenemos que ir de Irak» y «hay que reducir a Faluya a escombros». La última primó más.
Lo más terrible del tema es que los marines que ocupan un cuartel cercano no levantaron un dedo durante el ataque, aunque vieron el humo. Estaban atemorizados, pues Faluya ha sido un reducto bastante sangriento.
Pero al definir el horrible ataque, el Mando Central en Bagdad y la Casa Blanca caen en el maniqueísmo otra vez: «han sido rebeldes pro Saddam Hussein, que quieren volver al statu quo ante bellum».
No es verdad. Faluya, como relata esta bloguera británica que acaba de salir de dicha ciudad con bastante alivio, siempre ha sido un reducto rebelde, contra Hussein y todo el mundo. Pero nada, es más fácil culpar a Hussein. Había que elegir entre él y Al Qaeda., los dos malos de la película.
