Douglas es un señor bastante corpulento (que es una forma fina de decir gordo). Tiene el pelo desaliñado, viste ropa vieja, cuando habla parece una fuente y su camisa oscura, nada limpia de por sí, está cubierta de partículas blancas. Tras fijarme detenidamente, es caspa. Muchísima.
Me fijo en la caspa porque es menos desagradable para la vista que la lámina blanca que tiene en sus labios. Quiero convencer a Douglas que me dé su opinión sobre el matrimonio homosexual, y si cree que Bush acierta en pedir un cambio constitucional para evitarlo. Pero no se deja, me cuenta anécdotas de su niñez, ominosamente de chicos adictos a oler pegamento, y suelta su nombre de casualidad, sin apellidos.
Como esta fuente de saliva y caspa se ha tomado el tiempo de venir a votar en unas elecciones ya simbólicas (en las cuales Estropajo ganaría de calle), nos hace falta saber su opinión e identidad. Sin embargo, no se deja. Pierdo 10 minutos.
Es uno de mis peores momentos a la puerta de un colegio electoral en North Miami, donde espero identificar a 100 votantes sobre el tema. Como los dos voluntarios matutinos que me iban a ayudar no se han materializado, me enfrento a la cruda realidad de que tengo que soplarme el precinto solito.
Antes que nada, una aclaración. Si hay algún anatema en mi personalidad es hablar con desconocidos sobre este tema, y mucho menos pedirles cosas. Me revienta, es ajeno a mí en muchos respectos. Pero como creo en la causa, lo hago.
Algunas personas me preguntan que si yo soy gay, otros me dan su opinión pero no sus nombres. A las 10:30 me llegan dos nuevos voluntarios que están totalmente desorientados: dicen a los votantes que Bush quiere aprobar una enmienda para otorgar el matrimonio gay. Horror.
Las 12 horas pasan con lentitud. Me sorprende el odio que la mayoría profesa por Bush. No es desdén ni desacuerdo, sino algo mucho más visceral. «Este tema de la constitución le va a hundir al idiota ese», me dice una señora mayor. «¿Y la economía no? ¿Lo del desempleo tampoco? ¿E Irak?», contesto.
Cuando empiezo con mi pregunta, muchos me interrumpen para insultar a Bush. Y esto es de un pueblo comedido y aborregado como es el norteamericano, donde la política es un juego de modales.
Pero lo más esperanzador es que la gente nos apoya. Claro, estos son los votantes más disciplinados, pero su aprobación transciende generaciones. Un matrimonio ya bastante mayor me dice que cualquiera debe poder casarse. Me suben el ánimo.
Ya por la tarde entró una señora entrada en edad, acompañada de un bastón trípode y de una enfermera. Le suelto mis preguntas. Se me queda mirando, me sonríe: «Hace exactamente 75 años dieron a la mujer el derecho al voto. Desde entonces, no nos pudieron controlar. ¿Cómo voy a estar de acuerdo con Bush en esta cuestión?»
