Hace unos siete años, Charles Frazier escribió Cold Mountain (Premio Nacional de Novela de EE.UU.), una especie de Odisea durante la Guerra de Secesión en Estados Unidos. El libro era sencillo e iba al grano.
Cold Mountain elegido por Anthony Minghella, que decidió complicar todo con un filme tan largo y desigual que nadie adivinaría que es la contrasimplificación del original.
Es la historia (e histeria silenciosa) de Ada Monroe e Inman, dos habitantes del pueblo de Cold Mountain (inexistente, aunque la ciudad de Waynesboro, Carolina del Norte está bastante cerquita de la zona, en la falda de la montaña Cold Mountain) que se enamoran a primera vista. Con la suerte puñetera de que Inman se inscribe a filas a pelear contra los malditos yanquis.
Nicole Kidman interpreta a Ada, y se está especializando en papeles de mujeres abandonadas que tienen que abordar su soledad al borde de la histeria. El guapo pero inescrutable de Jude Law interpreta al malhadado Inman, que a mitad guerra decide desertar y volver con su amada.
Cold Mountain tiene un momento tan huero y prolongado que está a punto de morir, cuando de repente viene Renée Zellweger a rescatar a Kidman y a la película en sí. Otros geniales actores de reparto, como el siempre fenomenal Philip Seymour Hoffman y Brendan Gleeson entran como el Séptimo de Caballería.
En este año de tantas películas bien hechas pero sin alma, Cold Mountain es de las mejorcitas. La fotografía y la banda sonora, al igual que los ingeniosos actores de reparto apuntalan como pueden lo que si no sería un tostón digno de serial. Sin ellos, Cold Mountain es verdaderamente insufrible. Con ellos, todavía larga y desigual.
Y no voy a empezar a hablar del final, en un año en que también los guionistas se han desmadrado para brindar esperanza (y cinco minutos más) a las conclusiones.
