En este mundo de igualdad, donde las personas con un dedo de frente crecen con la expectativa de que pueden ser cualquier cosa, se ha creado un cambalache de esos de Santos Discépolo.
Mi profesión no estudiada pero sí elegida, es un buen ejemplo. Desde hace años vengo creyendo firmemente que lo que va a acabar con el periodismo no va a ser el conflicto de interés (eso ya está instaurado desde hace tiempo), ni la falta de picardía o gracia en los escritos. No, nos va a llevar a la tumba la pereza.
Una pereza con varias cabezas: falta de curiosidad, falta de rigor, prisa y desinterés. Alguna siempre me ha mordido, pero ahora veo que muchas sencillamente se asoman con otras generaciones que acuden a una carrera de periodismo como si fuera un equivalente de zapatero.
Empecemos con lo jodido de ser periodista, que son los horarios y los cierres, con sus consecuentes dictatoriales horas de entrega. Muchos que sabemos escribir pensamos en nuestro momento que el periodismo es una extensión más de la literatura, una hermana pequeña molesta, que de vez en cuando puede ser capaz de muchas proezas.
Grave desilusión. El periodismo por lo general equivale a una frase que me dijo una vez Alex Grijelmo, y que ayer repetí a alguien cuando me empezaba a decir que x plazo de tiempo era insuficiente para una nota: «el periodismo es escribir rápido y bien; si no sabes escribir rápido y bien [léase con cotejo de datos, varias fuentes, relativa imparcialidad, etc.], dedícate a otra cosa».
No suelo ser tan hosco, pero ayer fue un día límite y me enfadé con un par de personas, algo que a su vez causó estas reflexiones.
Nuestra profesión contiene todo tipo de personas: escritores frustrados, escritores que irán para más (un buen ejemplo es Gabo), escritores venidos a menos (Jaime Bayly), cronistas natos, hacks, etc. No incluyo a la retaguardia invisble del periodismo, la que se dedica a editar, moldear, reescribir, asignar, juzgar y planificar un medio de comunicación.
El problema de los que creen que el periodismo lo puede hacer cualquiera es que no es asi. En muchos casos te tienes que volver un experto instantáneo. Una vez tuve que hacer un artículo sobre un hospital que quitó el estacionamiento para minusválidos: me leí casi 100 páginas de normativa al respecto, y me di por vencido. El que no se dio por vencido fue el señor anónimo que me llamaba todos los días para quejarse de que no tenía un aparcamiento debido.
Quizá por esta necesidad de volvernos miniexpertos instantáneos, fallamos tanto. Muchos se quejan de que los artículos cuando salen de temas centrales y se meten a describir situaciones puntales no aciertan del todo. Y es verdad. Por cada parte que puede explicar su versión de manera lúcida, concisa y clara, hay 80 que la tergiversan, barren hacia dentro o sencillamente la explican mal. Y por lo general el reportero no tiene la facultad de saber quién tiene la razón.
Todos estos factores son peligrosos, y en manos de la persona equivocada pueden causar algo mucho peor que un desastre: la mediocridad continua y cautelosa. Nos quejamos del trabajo y luego nos quejamos de que la gente no nos tenga fe.
Esto no es una cuestión de purismo, sino de evitar una metamorfosis radical.

Comentarios ( 3)
Lo malo es que tanta mediocridad como existe en este "fascinante" mundo del periodismo es tomada como norma y, peor aun, dogma por una inmensa mayoria de la gente "normal"... sin ir mas lejos lo que pasa con El Pais en Espanya... que encima no lo pueds criticar porque la gente te dice que eres un retrogrado, un fascista y no se cuantas cosas mas... y yo que trabaje para parte de la sagrada familia polanco, se que son lo peor.
Por ejemplo.
Por tu conciencia, que esta de viaje por Centroamerica | 14 de Enero 2004 a las 06:49 PM
ufff... periodistas...
Por nando | 17 de Enero 2004 a las 09:16 AM
Humildemente, tras experiencias de convivencia con periodistas de toda condición, diría que has hecho un buen diagnóstico de la cuestión, sin demonizar ni sacralizar.
Por Juvenal | 18 de Enero 2004 a las 08:02 AM