Tras considerar las debilidades de Bush y las posibilidades de Dean, me concentro en la complicada matemática electoral.
A diferencia que el resto del mundo, Estados Unidos elige a su mandatario de forma poco democrática, vestigio de un sistema elitista implantado a finales del siglo XVIII.
El colegio electoral, cruel reflejo del colegio cardenalicio que elige al Papa, es un sistema que suma la representación congresista de cada estado, siendo su total los votos electorales. El candidato que gane el mayor porcentaje de votos en cada estado, se lleva el total del voto electoral.
Este sistema está diseñado para que cada estado cuente en la campaña, y para obligar a los candidatos a ceñirse a temas regionales. Es poco democrático porque favorece a los estados de poca población: un voto electoral de Wyoming representa a 170.000 personas, mientras un voto electoral de California representa a 615.000.
Debido a esto, Bush tiene casi garantizados 240 votos electorales (la lista la pongo abajo porque es muy larga), de los 270 necesarios para ganar. Cualquier candidato demócrata competitivo y competente tiene garantizados unos 215.
Por lo tanto, quedan en contienda 84 votos electorales, una mayoría de ellos en estados con trayectorias republicanas: Arkansas, Arizona, Iowa, Luisiana, Pensilvania, Minesota, Nueva Hampshire, Nevada, Wisconsin y Virgina Occidental.
Cualquier candidato demócrata, por lo tanto, tiene que concentrarse en esos estados (doy a Florida y a Ohio por perdidos, aunque no tiene que ser así; en 2000 los demócratas ganaron el primero en lo que intención de voto al llegar a las urnas se refiere) y defender su retaguardia. Pensilvania, Minesota y Wisconsin son imprescindibles. Si pierden Pensilvania, Ohio y Florida, los demócratas se pueden despedir de la Casa Blanca.
Aquí entra en juego la percepción de perdededor. La mejor forma de movilizar a las bases es convenciéndolas de que su candidato tiene grandes probabilidades de ganar. En 2000, entre los 16 estados con mayor participación de voto, Al Gore ganó 13. George Bush ganó los 13 estados con peor participacion de voto ese año.
Por lo tanto, una participación elevada favorece a los demócratas. Ese siempre ha sido y será la clave de sus victorias.
