Tras analizar un poco las razones por las que George W. Bush puede perder, ahora me centro en la candidatura de su posible contrincante el 2 de noviembre, Howard Dean.
Visto sobre papel, Dean no es un candidato fuerte para la primaria. Tiene un historial limitado en la gobernación de Vermont, es médico (su mujer es doctora, si es elegido seguira teniendo su propia consulta, y apenas aparece en la campaña). En la pantalla aparece acartonado, y es sumamente quisquilloso y sensible.
Dicho esto, ha realizado la campaña más brillante de los demócratas en cuanto a movilización y posible resultados. En un año ha pasado de ser un asterisco a dominar las encuestas. El 1 de enero, hicieron un balance en el mejor estilo del «quién me ha visto y quién me ve»:
Where we were on January 1, 2003:
- $157,000 cash on hand
- Seven paid staff
- 432 identified supporters nationwide
- 0 state offices
- No congressional or labor endorsements
Where we are today on January 1, 2004:
- Approximately 400 paid staff nationwide
- Paid and/or full-time volunteer staff in VT, IA, NH, SC, DE, AZ, NM, OK, MI, WA, NY, ME, WI, ND, NV, MN, PA, TX, CT, VA, GA, MD, MA and CA.
- 552,930 identified supporters.
Se puede decir que Dean creció del desencanto de la guerra en Irak y que ha tenido suerte, pero es una caracterización demasiado general. Su uso de la Internet ha sido espectacular (170.000 personas se han apuntado a meetup.com para reunirse y hablar de Dean), y ha recaudado más dinero que nadie.
Todo esto se puede atribuir a la suerte, pero no es así. Si observamos la campaña de John Kerry (héroe condecorado en Vietnam, constante liberal, mujer podrida de dinero), ha sido una serie de desaciertos y de carencia de dinamismo que le han hecho pasar de principal candidato demócrata a tercero o cuarto.
Joe Lieberman, que tenía la fama de 2000 por haber sido el candidato vicepresidencial de Al Gore, se estrelló estrepitosamente al decir que los norteamericanos jamás votaría por un presidente «blando» y al repudiar la campaña populista que hizo con Gore (y luego se sintió traicionado cuando Gore apoyó a Dean).
Después se apuntó Wesley Clark, con el perfil perfecto: extenso liderazgo militar, plataforma moderada y el apoyo tácito de los Clinton. De tener la mitad de la inteligencia y dinamismo que la campaña de Dean, estaría en primer lugar. Pero hasta hace muy poco ha sido una cadena de desatinos.
En comparación, Dean ha sobresalido. Sin dinero, apoyo o nombre. A diferencia que el autor del «quién te ha visto y quién te ve» de arriba, estos éxitos son efímeros. Las campañas brillantes relucen hasta que dejan de ser brillantes, y de por sí la trayectoria no es una garantía de nada. Pero sí una evidencia que capacidad hay, y por lo tanto, una posibilidad real de vencer a Bush.
Claro, nadie ha votado todavía, pero a menos que haya un desastre (escándalo, atentado masivo), Dean tendrá los suficientes delegados para una victoria a principios de marzo.
Esto no quiere decir que Dean sea el candidato perfecto: es irascible (a veces rayano en infantil), comete errores (el de la bandera confederada es el más famoso, y Leonard Pitts le escabechinó por eso), no ha sufrido mucha adversidad desde su alza, en el fondo es un ambiciosísimo políitico y se enfrenta a una percepción difícil: el liberal de Nueva Inglaterra.
Tiene cierta tendencia bushista a no hacer caso a los problemas, pero sabe que sus meteduras de patas afectan principalmente a gente que en 10 meses va a votar por él de cualquier manera, pues aunque Dean ofenda con su ignorancia (se jactó por ejemplo de haberse leído la Biblia de pe a pa, y cuando le preguntaron cuál era su libro favorito del Nuevo Testamento, contestó que Job), las personas ofendidas, incluyendo al propio Pitts, votarán por él de cualquier manera.
Pero sus huestes tendrán 8 meses para prepararse (si vas al blog de Dean, en la barra izquierda tiene una relación de los sitios afiliados; algunos son irrisoriamente encantadores, pero otros como el de Alaska, dan miedo por la dedicación de estas personas).
La campaña de Dean ha supuesto una revolución digital en numerosos aspectos, y aunque muchos la ridiculizan (el director de la campaña de Dean en Alaska, por ejemplo, es Jonathan Kreiss-Tomkins, que tiene 14 años y sus padres son republicanos) y la comparan con la de McGovern en 1972, que fue un fracaso estrepitoso, no es nada desdeñable.
En resumidas cuentas, ha traído una campaña fuera de los auspicios del partido demócrata y está en los umbrales de conseguir su candidatura. De paso, traeará unos 200,000 interesados organizados por él mismo (también sin el apoyo de los demócratas), y raudales de dinero. Si esto parece fácil, no lo es.
Reitero, esto dejará de ser impresionante algún día, y no quiere decir que exista alguna equivalencia de aquí al 2 de noviembre. Pero Dean entiende que parte de ganar unas elecciones en Estados Unidos es organización de bases y seducir al electorado que no vota mucho. Eso le da posibilidades.
Próximamente, la complicada artimética electoral en Estados Unidos.
