Ayer me llama Eliseo y me dice: «te voy a hacer una pregunta que sólo tú puedes responder». Creí que iba a ser de carácter persona, pero no: «¿Ganará Bush la reelección?»
Nos extendemos en el hecho de que Bush me cae como una patada en la espinilla (entre otros puntos anatómicos) y que hace 10 meses me declaré a favor de un candidato desconocido llamado Howard Dean. Por lo cual no puedo hacer un análisis imparcial del asunto, o por lo menos me será más difícil.
A primera vista, Bush va a ganar la reelección. No sólo le ayuda su imagen, el poder, su capacidad de vencer a cualquier precio, su constante politiqueo, pero también le auxilia el sentido de la inevitabilidad: en una reciente encuesta de CBS News/New York Times, el 44 por ciento votaría por Bush, el 40 por ciento en su contra.
Pero, si al mismo universo se le pregunta «¿Cree que Bush saldrá reelegido?», el 63 por ciento dice que sí, el 31 dice que no. Claro, como todo en la vida, hay cosas que parecen inevitables hasta que de repente dejan de serlo.
Ese aire de inevitabilidad es empujado por la imagen de Howard Dean: que es demasiado liberal, que está en contra del ejército, que es un pesimista, que sólo sabe protestar, etc... Todos estos tópicos son adelantados por los medios de forma más o menos vergonzosa.
Para el punto anterior, me remito al ya famoso lede del debate demócrata del domingo, redactado por la casi siempre pura Associated Press:
For a brief time in their debate Sunday, Democrats seemed to be hewing to a New Year's resolution to stick more carefully to the facts on taxes, the budget and more. But old habits die hard.
La campaña contra Dean está tomando matices increíbles en Iowa, donde el conservador Club for Growth ha rodado este anuncio:
In the ad, a farmer says he thinks that "Howard Dean should take his tax-hiking, government-expanding, latte-drinking, sushi-eating, Volvo-driving, New York Times-reading ..." before the farmer's wife then finishes the sentence: "... Hollywood-loving, left-wing freak show back to Vermont, where it belongs."
Todo esto fomenta un aire de que Bush es invencible. La economía está avanzando, la situación nacional mejora, e Irak tras la captura de Saddam parece avanzar hacia la estabilidad. Además, dado el cariz pro republicano que se tomó en 2002, estos datos señalan una victoria aplastante de Bush. Sí y no.
Sí porque la percepción y el pesimismo son contagiosos y mientras más perdure la visión, más favorece a Bush. Pero la historia no apoya esta hipótesis. Todo tipo de encuesta demuestra que la popularidad de Bush más allá de un sólido 45 por ciento es completamente «blanda».
Este curioso dato se vio en julio de 2000 por primera vez, cuando aventajaba a Al Gore por 19 por ciento tras la convención republicana. Al proclamar a Gore como candidato, la ventaja se desvaneció. Lo mismo ocurrió tras el 11 de septiembre, la invasión de Irak y ahora está ocurriendo con la captura de Saddam. Una buena parte del electorado no se fía de Bush: su popularidad se desinfla alejada la crisis o la buena cobertura.
En cuanto a la economía, la recuperación se ha visto principalmente en la bolsa (cuyos favores caprichosos no voy a ampliar aquí) y en un PNB exorbitante que no se ha reflejado en los bolsillos del consumidor. Las compras navideñas, fuera de los precios de rebajas y de los artículos de lujo, fueron decepcionantes. Y el último índice de confianza del consumidor arrojó cifras desoladoras que no suben.
Mientras, el desempleo parece disminuir. Pero esas cifras también esconden matices complicados: entre los 3 millones de puestos de trabajo que han desaparecido en los últimos tres años, muchos de ellos son de personas no jubiladas que sencillamente han desaparecido del mercado laboral. En otras palabras, tiraron la toalla. Se fueron a vivir con sus padres, cónyuges o volvieron a por una titulación superior.
Los pedidos a las fábricas, un baremo económico básico, disminuyeron 1,4 % en noviembre, y otros factores publicados hoy dan a entender que esta minirecuperación está frenando.
Estos datos se pueden atribuir a miedos consumistas infundados, que serán disipados cuando la macroeconomía demuestre su fuerza. Pero no hay que olvidar que a grandes rasgos, Estados Unidos es hoy por hoy una nación de consumidores sumamente endeudados (la deuda no hipotecaria de la familia media es de casi 18.000 dólares, según la Reserva Federal). Su resquemor se debe en parte en que pueden ver una miniburbuja financiera en sus situaciones personales.
La situación en Irak es un polvorín donde cualquier fórmula aleatoria puede tomar lugar. La administración, siempre en constante campaña, no disimula mucho su prisa por deshacerse del bulto en lo que ha sido una ocupación hasta el momento nada brillante: la infraestructura petrolera es un desastre, otras infraestructuras destruidas por la guerra o la dictadura están siendo reconstruidas a buen ritmo, pero la guerrilla está cobrando un ritmo. Y todavía no han entrado en el laberinto de las nacionalidades y las etnias religiosas.
Quizá la mejor esperanza es Afganistán II, donde el gobierno provisional controla todo tenuamente y muchas partes del país donde no llegan las cámaras hay tablas con el Talibán. Pero a diferencia que Afganistán, donde hay un número nutrido de guerrilleros a favor del régimen actual, y un contingente multinacional importante, en Irak los que mandan son las tropas de Estados Unidos.
La maniobra de Bush será quitar la presencia de las tropas en Irak sin que el país se desmantele, o aparente desmantelarse, antes de noviembre. O si no, rezar para que la situación (en un statu quo institucional) no empeore mucho de aquí a noviembre. Esto no exige un Maquiavelo, en cuya escuela Bush se siente cómodo, sino una destreza con apellidos boparteanos.
Decir «puede pasar cualquier cosa» se ve a primera vista como un escaqueo del analista, pero es que sí puede pasar todo tipo de situación (dentro de una orquilla aceptable, claro). Y como dicen los aseguradores, al existir riesgo, aumenta la prima.
Más tarde continúo con la campaña de Dean y la interesante matemática electoral.
